jueves, 4 de diciembre de 2008

Petición

Querido amigo,

Malcah está pasando por un periodo difícil y al nivel económico está muy apurada. Está mal de salud y vive con su hijo que requiere vigilancia 24 horas al día que merma sus posibilidades de dar clases, su fuente principal de ingresos.

Si le fuera posible aportar algo de dinero para ayudarle a superar este bache sería de gran ayuda.Los detalles de la cuenta son:

SWIFT ----------- IBAN -- Banco - Oficina - DC ---- Cuenta
BBVAESMMXXX - ES88 --- 0182 -- 7405 --- 96 - 0201.5288.22

Muchas gracias.

jueves, 27 de noviembre de 2008

El Hijo de la Famosa

El Hijo de la Famosa
B”H
Cuentecillo
De Malcah

Todas las tardes, alguien recogía a Benjamín a la salida del colegio. No era siempre la misma persona, y, a menudo era alguien, hombre o mujer, que él no había visto nunca, pero el chaval conocía el coche, enorme y muy lujoso, que la empresa de publicidad mandaba a recogerle y que le llevaba hasta los estudios en donde trabajaba su madre. En cuanto se apeaba una nube de fotógrafos y cámaras le rodeaba como si el acontecimiento no se repitiera a diario. A veces se veía luego en algún programa de los llamados “del corazón”, acompañado por un comentario bastante insulso en el que se informaba al público que “este niño encantador” iba a ver a su Mamá que le quería mucho. Frecuentaba un colegio de alumnado restringido en el que todos eran como él, hijos de personajes célebres, quince veces divorciados y cuyos hijos, de diferentes padres o madres, según los casos, estaban desparramados por toda la superficie del mundo civilizado.

Se repetía, pues, la escena a diario. El entraba en el estudio y veía a su madre desnuda, posando y fotografiada, filmada y dibujada por un equipo de profesionales de la información en el que se integraban de inmediato los reporteros que le habían esperado a la puerta. No fueron pocas las ocasiones en las que a él también le desnudaron para que posara junto a su madre. Hacia las 18 horas le llevaban de vuelta a casa en donde las criadas le encarecían hacer los deberes, que solían ser pocos, antes de jugar y ver la tele. Su madre llegaba cuando él llevaba dormido varias horas. No recordaba que se hubieran dado las “Buenas Noches” alguna vez.

Así fue la vida hasta el día en que cambiaron la directiva del estudio y el nuevo jefe decidió que ya se desnudaría otra famosa ante los ojos de los periodistas y del público. Dicho en otros términos, la famosa perdió el empleo. Benjamín se encontraba en el estudio en aquel preciso momento. Su madre, completamente desnuda, estaba sentada en el suelo, llorando desconsoladamente. El pobre chiquillo la miró con una inmensa ternura y le sugirió que se vistiera para volver a casa, pero ella le miró sin parecer entender lo que decía. Por fin, le contestó:”Pero, hijo mío, ropa, lo que es ropa, no sé si tengo.” Entonces, él recordó un espléndido traje de novia que se encontraba colgado en el vestuario y que, según decían, había lucido en una película de grandísimo éxito de taquilla una artista aún más famosa que su madre. Fue a descolgar el traje de su percha, se lo puso a su madre y ambos volvieron a casa en un taxi que pagó él con su dinero de bolsillo. Entonces, ocurrió el milagro: su madre, vestida de novia, sonrió con una inmensa ternura y le apretó contra su pecho, diciendo:”¡Qué bueno eres, hijito del alma! Ahora, voy a buscar un trabajo que pueda hacer vestida.” Benjamín le sujetó la cola del traje de novia y ambos entraron en su casa rebosando felicidad mientras él preguntaba: “¿Por qué no se casó contigo mi Papá?” y ella contestaba:” Estaba muy atareado, sabes, se le olvidó”

jueves, 20 de noviembre de 2008

Agradecimiento

Malcah quiere agradecer de corazón todas las muestras de afecto que ha recibido en las últimas semanas: sean por teléfono, correo, en persona o en pensamiento.

Mil gracias a todos y a todas.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Qohelet (Eclesiastés)

Se sugiere la lectura de Qohelet (Eclesiastés) estos días, para quienes puedan. Es cariño por Malcah y tiempo de meditarlo para los cristianos, todos los que les llegan los días de Difuntos.

Shalom.

martes, 28 de octubre de 2008

Salmo 34

Malcah está de luto. Quienes quieran y puedan rezan salmo 34, por favor.

domingo, 26 de octubre de 2008

Salmo 121

Es gran piedad leer todos los días de esta semana el salmo 121, que se leyó en su casa el día que nació la hija de Malcah.

jueves, 23 de octubre de 2008

EN LUTO

Queridos amigos, Malcah está de luto por una hija suya y estará aislada de todo lo menos una semana.
Os pido vuestras oraciones.

lunes, 13 de octubre de 2008

El Sueño de la Amiga

BS"D
Shalom!
Te comparto un sueño. para ver si me puedes ayudar a interpretarlo.
La noche de Yom Kippur tuve un sueño significativo: En un Hostal me daban un mensaje corto, escrito por mi padre Miguel,z"l ( falleció el pasado 13 de febrero); era su inconfundible letra inglesa, solo de un par de líneas; en la primera línea, a mitad del texto ,salía otra línea en vertical.El mensaje decía que a mi madre, por la fecha de nacimiento, le correspondía la nota musical FA y, de algún modo, que esa nota los vinculaba. Al despertar, lo relacioné con una palabra: FAgashnu. No sé si significa algo en hebreo, pensé si sería algún comienzo del Vidui ( que había estado leyendo por la noche) , pero no lo es. Luego me acordé del verbo Lifgosh: reunir, citar; pero no sé si el pasado es Pagashnu o fagashnu. ¿Significa algo fagashnu? ¿ Qué significa la mota FA? Necesito descifrar ese mensaje.
Normalmente no tengo sueños significativos, pero este lo es y por eso tengo interés en aclararlo. Se lo he contado a mi madre, pero ella tampoco sabe que significa.
¿Es posible que se envien mensajes del mundo de los muertos a nosotros? ¿ En Yom Kippur están las puertas más abiertas?
Gracias por tu ayuda.
Esperando que hayas sido sellado en el Libro de la Vida, te deseo Shabbat Shalom!
Leah


Respuestas de Malcah:

Respuesta 1: Querida Amiga, te contesto a toda prisa porque estos dias en los que siempre estás en fiesta o en shabbat son muy duros. EL VERBO PAGASH es muy corriente en hebreo, significa encontrar o encontrarse en alguien. La forma pagashnu es la primera plural del pasado =hemos encontrado. Por supuesto que podemos recibir mensajes del otro mundo. Shabbat Shalom. Besos . Malcah. Trato de mandarte un cuento que terminé hace poco.

Respuesta 2: El fa sostenido tiene conección con la letra "zain" que indica lo masculino y la memoria.

SI ALGUIEN TIENE MAS INFORMACION O MAS COMENTARIOS SOBRE EL SUEÑO DE LEAH,POR FAVOR,QUE LO MANDE AL BLOG, TODOS SE LO AGRADECEREMOS.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Los Pétalos del Biendecir: tercer pétalo

Las Excelentísimas Intenciones


¿Quién no ha oído, con bastante irritación por cierto, la apostilla “Lo digo por tu bien”, a una serie de reflexiones odiosas que se han escuchado cortésmente a base de reprimir la muy legitima gana de mandar al impertinente que las ha proferido a todas las potencias del infierno?
A esta frasecilla, que su usuario suele creer apabullante, hay algunas respuestas posibles, tales como:
La irónica: “¡Por supuesto! ¡No se me ocurriría imaginar que dices las cosas por mi mal!” El impertinente suele escabullirse con algunos bisílabos del tipo:”Claro, bueno, normal... enfin, ¡hombre!”
La sardónica: “¡Que lo dices por mi bien! ¿Por qué lo precisas? ¿Crees que no se nota?” El impertinente se traga los bisílabos y recurre a frases impersonales: “A veces, parece que… algunas cosas son delicadas, la gente puede creer…” Esto da juego, se presta al estilo interrogativo:” ¿Qué veces? ¿Que esto qué parece? ¿Qué cosas?” Cuando el impertinente llega a “Enfin… me entiendes…” se contesta:”Lo intento”.
La sarcástica: “Sí, sí, mi bien, mi mayor bien. ¡Esto es lo que te preocupa a ti! Ya lo sé”. El impertinente cree que nos hemos dejado manipular tomando su frasecilla por una provocación y se frota las manos, convencido de que vamos a vernos en el brete de justificar nuestro mal humor. Entonces imparte consejos que brotan de su indignación: “¡Pero, no tomes las cosas así! ¿No ves que te alteras por nada? ¡Hay que saber aguantar una crítica constructiva!” Esto, ya es el gran juego. Es menester poner cara de mosquita muerta para decir: “¡Que yo me altero! ¿De dónde sacas esta idea tan peregrina?... ¿Que se nota? Si te parece, te repito mis palabras. Son la pura expresión de la amistosa confianza. Podemos escribirlas y analizarlas, ¿Quieres?... ¡el tono! ¿Qué tono? Mira, no quiero que haya ningún malentendido. Mis intenciones son tan excelsas como las tuyas. ¿No estarás padeciendo algún delirio interpretativo?
La filosófica: “¿Cómo sabes TÚ lo que es MI bien?” Al impertinente se le atragantan los bisílabos, las exclamaciones y los asertos. Se va a tomar el aire.
La altiva: “Este afán de corregirme que, con toda seguridad, se encuentra en el origen de tu amonestación, podrá ser muy bienintencionado, pero ha errado el blanco, porque yo no soy ningún tutelado tuyo”. Si el impertinente sale con:”Es la última vez que… “, se le contesta:”Estupendo, así te evitarás puntualizaciones desagradables”.
Naturalmente la lista de respuestas que acabamos de elaborar no es exhaustiva y está destinada no sólo a librarnos de las desaforadas pretensiones de gentes que se creen facultadas para dictarnos nuestra conducta, sino, también, para encontrarle un lado jocoso a la cosa, aunque el: “Lo digo por tu bien” de jocoso tiene poco.
En efecto, y como lo acabamos de apuntar, quien profiere la frasecita que nos ocupa, trata de situarse por encima de su interlocutor, empleando un lenguaje reservado a los demás educadores, cuya preocupación esencial es que, además de obedecerles, evitando comportamientos reprobables, el educando se vaya mentalizando de que el primer beneficiario de la reprimenda es él mismo.
Ahora bien, la misma frase en boca de un adulto y dirigido a otro adulto, es inadmisible por la prepotencia que denota y por la imprudencia que encierra. Ni los propios padres pueden hacerlo con el hijo adulto.
La prepotencia, con o sin buenas intenciones, consiste en insinuar que el interlocutor no sabe lo que hace, creándole así un rencor o una inseguridad tal vez peores para su equilibrio psíquico, que la conducta censurada. En temas tan simples como el “deja de fumar ya” no va a servir nada añadir “Lo digo por tu bien” porque el fumador padece inseguridad. Aumentársela con una precisión superflua, no hará sino empeorar las cosas. Es mejor preguntar: “¿Por qué crees tú que fumas tanto? ¿No será cuestión de inseguridad? Igual hay algo que te duele en el alma, sin que lo adviertas conscientemente.” Así es como se puede mostrar genuino interés por alguien sin humillarle.
Todo hay que decirlo, la frasecita que tan desagradable nos resulta, proviene, a menudo, de un viejo prejuicio, muy anclado en las mentalidades, sobre todo en la española, y es que una advertencia bastante brusca, desprovista de cualquier miramiento, es prueba inequívoca de noble sinceridad. Lo será en algún caso, pero no en muchos. El decir las cosas con un poco de consideración, no estorba.
Por otra parte, el suponer que otra persona, al actuar de un modo distinto al que creemos el adecuado, es una gran imprudencia. Si, al observar a alguien, nos irritamos porque su conducta nos parece absurda y contraproducente, antes de intervenir debemos preguntarnos si los equivocados no somos nosotros.
Recuerdo a una mujer que parecía creer, sin la menor sombra de duda, que los melindres de su hermana, su egoísmo y su mala fe no existían y que quienes los denunciaban eran unos ciegos que no advertían que se trataba de puras muestra de bondad. Años más tarde, confió a un familiar: “¡Menos mal que no lo veía! Porque a mi hermana la necesitaba para sacar adelante a la familia. De no haberme dejado engañar, igual la había matado. Yo era muy idiota, pero evité una tragedia y la familia está a salvo”.
Muchas veces la persona que creemos especialmente tonta, es alguien que utiliza la mejor adaptación posible a una situación. Así, pues, antes de afirmar: “Lo digo por tu bien” será prudente preguntarse si no sería más acertado pensar: “¡A ver si va a resultar que lo digo por su mal!”
El lašhon hará (=la mala lengua) tiene muchas facetas.
¡Quiera El Eterno, cuyo Nombre bendecimos, librarnos de todas!

Cuentos de la Abuela Malcah - El Patio de Mi Casa

Los Cuentos de la Abuela Malcah

B”H

EL PATIO DE MI CASA


Cuando los Absurdianos llegaron a la Tierra, hace ya muchos siglos… (Nadie recuerda la fecha exacta, pero fue mucho antes de que un rey, bastante apuesto y muy pagado de sí mismo, ordenara al Astro del Día incorporársele, instando a sus cortesanos a que le llamaran el Rey Sol; también fue mucho antes de que el rey taciturno y delgado de un país situado al sur del anterior prohibiera al sol ponerse en su imperio. En fin, la fecha exacta no hace al caso). Como veníamos diciendo, cuando los Absurdianos llegaron a la Tierra, irresistiblemente atraídos por el azul de su nimbo, la sobrevolaron durante diez años mirándola con sus ojos y con sus cámaras, midiéndola con sus abrazos y con sus aparatos de precisión, analizando la atmósfera con palabras escogidas y alquimia de última generación, mientras les embargaba el asombro por el extraordinario parecido de este planeta con el suyo, situado en una lejanísima galaxia. El relieve, los mares, los paisajes, la órbita, el cielo nocturno, los días y las estaciones marcados por las dos grandes luminarias, ¡todo era igual! Comprendieron que no necesitarían mapas, ni guías, para orientarse y decidieron aterrizar con mucho júbilo y gran curiosidad.

Dejaron pues su plateada cápsula al cuidado de los instrumentos de altísima tecnología que la condujeron hasta el Campo de la Estrella y prado a través, cantando, bailando, tocando flautas, zampoñas y pífanos, se encaminaron hasta un edificio que unos leñadores que salían de un bosque con aspecto cansado y cara de pocos amigos les designaron como el monasterio, habiéndoles recomendado silencio y discreción.

Las flautas se alejaron de las bocas, las piernas adoptaron andares sosegados, las risas se apagaron y los cambios de impresiones tornáronse susurros.

Al llegar al monasterio, los viajeros desistieron de llamar con la aldaba por el ruido que el golpe iba a producir y esperaron ante la puerta que apareciera alguno de sus moradores, deseando que, al igual que los leñadores, guardaran parecido con los seres humanos y se expresaran en un lenguaje accesible al Deseo de Comunicar que ellos solían utilizar para dialogar con los desconocidos.

El sol, que todavía no había perdido la impertinente costumbre de ponerse en aquel país, se acercaba sonriente y lascivo a la línea del horizonte. Si no hubiera mediado la mirada que un monaguillo travieso echaba siempre por la ventana al atardecer, los Absurdianos habrían pasado la noche al raso, aguantando la helada que la Tierra pensaba oponer al ardor de su astro.

Dos monjes bajaron a recibir a los recién llegados, junto con el monaguillo que venía dando saltitos y tarareando una melodía cuyos alegres acentos conmovieron a los Absurdianos. Pero estos tuvieron muy poco tiempo para gozar de placeres musicales: hubieron de prestar toda su atención a las palabras de los monjes quienes, a pesar de un enorme parecido con los seres humanos y de su cordialidad, emitían sentencias desconcertantes. Decían que los viajeros varones podrían permanecer como invitados en el monasterio durante todo el tiempo que lo necesitaran a condición de que fuera sin sus esposas. Ellas deberían cobijarse en un monasterio femenino ubicado a corta distancia.

Ante el silencio de los forasteros, los monjes repitieron sus exigencias y las aclararon. Los Absurdianos, que habían dedicado 87 segundos a concentrarse sobre el Deseo de Comunicar para cerciorarse de que no se estaban equivocando de idioma, salieron por fin de su arrobo: para no contrariar a los anfitriones aceptaron risueños su peregrino requisito. El monaguillo, encargado de acompañar a las Absurdianas hasta la segunda residencia, cogió de la mano a una de ellas que hizo otro tanto con una compañera, y ésta con la siguiente, de forma que el grupo se alejó formando una farándula que canturreaba en voz baja la canción del monaguillo – “El patio de mi casa es particular, pues cuando llueve mucho se moja la mitad…”-.

En sus respectivas hospederías Absurdianos y Absurdianas recibían un buen trato; comían bien, dormían sobre jergones muy limpios y fueron obsequiados con ropa de lana rugosa y oscura acorde con el lugar. Endosaron aquella ropa en vez de la que traían de su planeta, sedosa y multicolor. Además monjes y monjas agradecían la ayuda que prestaban en las faenas caseras y agrícolas, permitiéndoles apiñarse tras una celosía para escuchar el canto gregoriano, que les maravillaba. Podían verse hombres y mujeres con ropas distintas los domingos por la tarde y si tenían alguna cosa urgente que transmitirse, el monaguillo estaba autorizado a servir de mensajero.

Todo iba pues a pedir de boca en un ambiente de austera cordialidad a pesar de la sazón que trataba de insinuarse en los unos, por el anhelo de volver a gozar de su vida de pareja y en los otros, por la íntima indignación provocada por el jovial desenfado de los precedentes. Los primeros echaron mano del optimismo para evitar la desazón mientras que los segundos acudieron al ayuno y la caridad.

Sin embargo, con el correr de los días los Absurdianos y Absurdianas comprobaron que, si bien en lo físico los Terrícolas estaban constituidos como seres humanos, normales y correctamente proporcionados, su mente presentaba notables deficiencias. Parecían incapaces de concentrarse sobre el Deseo de Comunicar con el fin de hablar el idioma de sus interlocutores. No emitían ondas de alegría al respirar. Eran psíquicamente endebles, perdiendo a cada momento los tesoros más valiosos: perdían el juicio, así como suena. Llevaban el juicio mal amarrado a las neuronas y lo extraviaban a veces, cayendo entonces en un estado de escandalosa indiferencia frente a las bellezas de la vida, frente al delicioso deber de participar en el mantenimiento del pulso cósmico. En otras ocasiones en las que perdían el juicio eran presa de un frenesí incontrolado que les hacía semejantes a peleles agitados por manitas infantiles. También podía vérseles retorcerse y aullar de dolor o de ira sin que nadie les suministrara ningún “filtro de la serenidad” adaptado a la dolencia de su organismo. Tal comportamiento recordaba entonces a los Absurdianos el de unos lunáticos de la Vía Láctea que pasaban del llanto a la risa sin saber por qué, pero se habían negado con vehemente firmeza a que se les enseñara a mantener el equilibrio nervioso.

Los Terrícolas perdían a menudo la esperanza, y perdían la confianza porque se les aflojaba con extrema facilidad su sistema de anclaje en el corazón. Además tenían alterados los circuitos térmicos, lo cual les hacía olvidar la sangre fría cuando más la necesitaban, les provocaba enfebrecimiento contumaz en presencia del oro y una quiebra casi instantánea de la compostura ante las contrariedades. Como es de suponer, perdían frecuentemente la dignidad.

Al observar tan lamentables fallos, los Absurdianos ofrecieron ayuda para emprender de inmediato la búsqueda de esos tesoros perdidos. Explicaron que en su cápsula se encontraba la fórmula del tratamiento para sanar la psique. Los Terrícolas se echaron a reír tan jocosamente que ellos creyeron haber alcanzado el éxito con su buena voluntad y su optimismo, como era lo natural. Así es que revistieron su ropa multicolor y empezaron a cantar y bailar con el monaguillo, siempre a gusto en su compañía. Al sonar “El patio de mi casa…” acudieron los vecinos de las aldeas circundantes, mofándose y alardeando de singular ingenio en el uso de la chanza y de la befa. Los Absurdianos entonaron entonces un canto figurado en befabemí que tuvo el don de sosegar los ánimos. Aceptaron ser bautizados oficialmente con el ya conocido gentilicio de Absurdianos con que los monjes los venían designando desde su llegada. En su idioma interestelar no se llamaban así ni su planeta era identificado como Absurdastroide, pero los Terrícolas con mayúsculas sufrían limitaciones en la función lingüística por lo que nunca consiguieron memorizar y menos aún pronunciar, las cantarinas sílabas de los nombres auténticos.

Con esto y con todo, los aldeanos no se dieron por satisfechos. Insultaban al joven monaguillo cada vez que se cruzaban con él. Llegaron a escarnecerle de modo tan cruel que una tarde, cuando regresaba al monasterio, lo hizo cantando “El patio de mi casa…” con sollozos en la voz. Los monjes y los Absurdianos se precipitaron a su encuentro para consolarle, pero a los pocos días los desmanes se repitieron. El pobre chaval cayó desmayado y ensangrentado antes de llegar al monasterio. Unos pilluelos le habían tirado piedras y los leñadores le habían propinado una paliza. Los Absurdianos advirtieron que los monjes tan hospitalarios y bondadosos que los albergaban bajo su techo estaban preocupados por la inminencia de represalias contra ellos. Se les acusaba de mantener trato diabólico con engendros satánicos de la Malignidad. Los Absurdianos decidieron marcharse. Dejaron la ropa rugosa para que la disfrutaran los siguientes viajeros, regalaron valiosos conocimientos a los monjes… (las Absurdianas, por cierto, también hicieron a las monjas hermosos regalos, que fueron recibidos con emoción, aunque no hay manera de saber en qué consistían, pues tanto las unas como las otras han mantenido el secreto). Los monjes les pidieron que se llevasen con ellos al monaguillo, cuya historia les contaron en estos términos:

“Hace diez años, durante la guerra fratricida, nos lo trajo una pareja de criados que venía huyendo. Nos dijeron que el niño tenía cinco años y estaba loco. No sabía odiar, así es que le resultaría difícil, por no decir imposible, defenderse de la vida. Era el último retoño del linaje de los Buenos que vivían en el espléndido palacio que el tatarabuelo había dejado en herencia a su tercer hijo, desatando así la furia de los dos mayores, que decidieron llamarse, respectivamente, Excelente y Mejor, jurando sobre el pomo de la espada no unirse salvo para exterminar a los Buenos. También juraron mantener entre ellos a través de las generaciones, una enemistad perpetua hasta que uno saliera vencedor, adueñándose del palacio con su patio… Ese patio tan especial, particular, en cuyo centro manaba la fuente del Inocente Gozo y en el que crecerían algún día, según venía anunciado en los iluminados libros de la biblioteca los olivos de la Sonriente Paz. Los criados refirieron que, algunas semanas antes, Excelente y sus partidarios (los Excelentes) y el Mejor con los suyos (los Mejores) habían matado a todos los Buenos y destruido el palacio. Únicamente el patio seguía en pie, rodeado por las columnas de la memoria. Al niño habían podido salvarlo gracias a la ayuda de la Osa Mayor y la Osa Menor, que lo querían mucho porque acostumbraba a jugar con sus cachorros. Ambas osas les habían prestado los Carros para el viaje guiándolos a lo largo de la noche. El niño recordaba el himno de su patio, pero estaba loco, no sabía odiar. Si los monjes no cuidaban de él, los Excelentes y los Mejores lo matarían pronto. Además no era indigente, ellos traían una arqueta llena de piedras preciosas para sufragar los gastos. Contenía las esmeraldas de la esperanza, los zafiros de la bondad, los rubíes de la justicia, los diamantes de la fe además de los topacios del perdón.

Los monjes hospitalarios habían educado al niño, que se había convertido en el monaguillo ingenuo y alegre de quien ahora tenían que separarse con harto pesar de su corazón a fin de evitarle una muerte segura y dolorosa. Habían conservado intacta la arqueta de las joyas, la ofrecieron a los Absurdianos, pero éstos la dejaron allá para que eventualmente la destinaran a cubrir las necesidades de los pordioseros que suplicaran cobijo.

En cuanto estuvieron a una distancia prudente de la comarca que abandonaban, los Absurdianos y el Monaguillo volvieron a cantar y a bailar. Así llegaron a un pueblo en el que reinaba un ambiente festivo, de buen augurio. Se acercaron a la Plaza Mayor y fueron invitados a la boda de la Condesilla que se celebró con grandes regocijos. Les encantó comprobar que los Terrícolas conocían el amor conyugal. En efecto, los novios estaban visiblemente enamorados el uno del otro. Los Absurdianos los agasajaron cantando poemas en su lengua vernácula y bailando con un garbo incomparable sus propias danzas nupciales. Tan contagioso resultó su alborozo que los Terrícolas también cantaron y bailaron sin perder el aliento, de forma que los festejos se prolongaron una semana más de lo previsto. Antes de que reemprendieran el viaje, la novia regaló a los Absurdianos la corona de azahar que ceñía sus bucles, como señal de que volverían a verse.

Pasaron tres meses. Por lo general, los Absurdianos eran bien recibidos en pueblos y posadas. Se ganaban el sustento cantando y bailando. Se granjeaban la simpatía de comerciantes y artesanos porque atraían clientela y como no perdían ni la fe en la vida ni la esperanza de volver al firmamento sanos y salvos, la desgracia (aburrida y desanimada) se apartaba de ellos. De los Terrícolas, en cambio, no. No llevaban en la sangre los anticuerpos susceptibles de neutralizar las epidemias de odio y violencia, por lo que de tarde en tarde estallaba la guerra. Los Absurdianos se encontraban en los Montes de León cuando unos jinetes exhaustos de tanto cabalgar llegaron a un hospital con la noticia entre los labios: los Excelentes y los Mejores habían reanudado las hostilidades y el rugido del combate no tardaría en acallar el de las fieras. Y así fue.

Los Absurdianos componían un grupo de treinta y dos personas en total, más el Monaguillo y unas cuantas docenas de almas generosas que se les habían unido. Para amansar la maldad desencadenada habrían necesitado más música de la que podían producir. Hubiera sido menester el entusiasmo de toda la población, vibrando durante días y días para que las ondas cortas, las cortitas, las cortísimas, aquellas capaces de penetrar hasta lo más recóndito del inconsciente, llegasen a la Tierra y curasen las mentes guerreras.

Los Absurdianos se resignaron a invertir todas sus energías en un esfuerzo ciclópeo por aumentar su eficacia en tal labor de solidaridad.
La guerra bramaba ya muy cerca. El fragor de las batallas cubrió sus melodías. Las invasiones y las huidas ocultaron las cadencias de sus bailes. Las polvaredas de sangre y sudor nublaron la vista de los linces, el estruendo de la caballería turbó el sueño de los peces, los silbidos de las flechas desequilibraron el vuelo de las águilas y el fuego destruyó el tesón de las cabras.

Los Absurdianos procuraban aplicar a los Terrícolas el mismo remedio que aplicaban en su planeta cuando alguien enfermaba emponzoñado por el odio a sí mismo y a los demás, experimentando desconfianza, ira, recelo y un largo etcétera de toxinas que engendraban dolor y muerte. Era curado en pocos días (con alegría, amor, música y baile) y si le había llegado la hora de abandonar la dimensión carnal, el enfermo lo hacía con un dulce cántico antes de alejarse por el Cosmos entre los aplausos estelares mientras saludaba a los suyos al transformarse en una luz radiante que iluminaría para siempre la belleza del Cielo.

En la Tierra todo era distinto. La guerra imperaba. Los torrentes de sangre anegaron el amor, los estandartes amordazaron la esperanza, las emboscadas reventaron el caminar, las lanzas y las espadas perforaron las súplicas y el horror del sufrimiento hizo ridícula la alegría.

Los Absurdianos vivían protegidos por un círculo de ondas invisibles. Sólo podían penetrar en éste algunos Terrícolas bondadosos que ni empujaban ni golpeaban a los demás para tomar la delantera. En el interior del círculo eran atendidos, cuidados. Se les consolaba explicándoles que llegarían todos pronto al extremo oeste de la Tierra donde esperaba la cápsula plateada que detectaría el lugar donde se encontraban los Tesoros perdidos. El Monaguillo repetía: “están debajo de una losa en el patio de mi casa…”, pero nadie sabía donde estaba el patio de su casa.

Una mañana, el círculo se abrió para dejar paso a la Condesilla, recién casada y ya viuda, que refirió cómo había abandonado por un pasadizo secreto el Castillo del Altozano que se lamentaba por todas sus ventanas (Las vidrieras habían caído tronchadas en pedazos multicolores sobre los tocones de los árboles, incapaces de retener las flores cuando se habían desplomado las ramas y que corrían pendiente abajo, cual llanto incontenible, hasta embriagar con su perfume el río de sollozos ya privado de confianza en la existencia del mar: iba zigzagueando, sin rumbo, por el llano).

Los Absurdianos siguieron el camino cantando, bailando, ayudando, consolando, hasta que una tarde avistaron el resplandor de su cápsula. Fue en ese mismo momento cuando las Absurdianas pudieron devolverle la esperanza a la Condesilla, anunciándole que sería madre en la época del próximo solsticio.
A la mañana siguiente los Absurdianos y sus amigos llegaron al Campo de la Estrella. Allí estaba la cápsula, brillante, resplandeciente y … y por delante se alzaba un patio, cercado por columnas de mármol veteado, en medio del cual manaba una fuente y en cuyas esquinas se alzaban olivos frondosos que exhalaban paz.

El Monaguillo cantando “El patio de mi casa…” tocó una columna, se arrodilló y levantó sin esfuerzo alguno una losa, descubriendo un hueco del cual escaparon, como palomas mensajeras que retornan a su nido, todos los Tesoros Perdidos. Incluso lo hizo la libreta con la fórmula del tratamiento que iba a curar para siempre a los Excelentes y a los Mejores de su enfermiza obsesión.

¿Será necesario añadir que la cápsula despegó a los sones de “El patio de mi casa…”?

domingo, 28 de septiembre de 2008

Cuentos de la Abuela Malcah - El Barco de las Velas Verdes

Cuentos de la Abuela Malcah

B”H

El Barco De Las Velas Verdes

De no haber mediado la intervención de un magnate del petróleo que había ofrecido a los niños de entre 10 y 14 años de la Fundación Huérfanos por la Paz, que él patrocinaba, un viaje a Extremo Oriente como regalo de fin de año, lo más probable es que ni Alberto, ni Chiara, ni Olaf, ni Lucía, ni Marguerite, ni Vincent, ni Atzuko, ni Aziz, ni Falacha, ni Tchukrina, ni ningún otro u otra del grupo, hubiera sabido nunca lo que es un tsunami o, por lo menos, hubiera tardado años en saberlo, porque, en el frío y montañoso país europeo donde vivían estas cosas no ocurrían.

Su rico bienhechor, que nunca dejaba de hacerles una visita cada tres o cuatro meses, les había anunciado, al principio del otoño, que gozarían de unas maravillosas vacaciones en un lugar paradisíaco y les había repetido lo que siempre les decía: “Ya sabéis que os hago pocos regalos personales. Prefiero los regalos colectivos, porque sois y habéis de ser siempre, una gran familia. Me encanta ver como sabéis compartirlo todo, vuestras penas y vuestras alegrías. Todos habéis perdido a vuestros padres en guerras o atentados, víctimas del odio entre grupos o naciones, entre seres humanos que se creen enemigos los unos de los otros y que, realmente, están locos. Vosotros, en cambio, sois sensatos, os queréis mucho y sois verdaderos hermanos. El único enemigo que todos tenemos es el odio y éste se vence con la concordia. Vosotros, esto lo entendéis, de forma que constituís una espléndida esperanza para el mundo entero y yo, os quiero con toda mi alma.”

Ellos también le querían, porque, con esta perspicacia propia de los ingenuos, captaban su sinceridad.
Así fue como aquel 26 de Diciembre, que iba a quedar grabado en la memoria de toda la humanidad con señas de estupor, ellos se habían despertado alegres, habían saboreado frutas tropicales bajo los cocoteros y organizado con sus monitores una excursión a un altozano en el que, según dijeron los camareros, unos jovencitos como ellos se lo pasarían muy bien jugando con unos camiones abandonados que eran verdaderas viviendas ambulantes y que sus dueños habían dejado tras averías que nadie había sabido arreglar. Las autoridades habían ordenado remolcar los vehículos hasta allí arriba para evitar que su vista molestara o inquietara a los turistas elegantes que venían a solazarse tranquilamente.

Era una mañana muy luminosa, incluso más luminosa que las precedentes, lo cual era un verdadero prodigio, porque aquellos parajes eran la mismísima morada del resplandor. Sí, aquella mañana lo superaba todo en hermosura y armonía. Los pájaros multicolores cantaban a la mar los mensajes de amor que le enviaba el cielo y llevaban al altivo zafiro las respuestas de la ondulante belleza que surcaban barcos de casco oblongo y velas gráciles.

Aquella mañana, pues, los niños emprendieron el camino hacia el altozano a eso de las once, acompañados por dos de sus tres monitores. El tercero se quedó en el hotel para responder a las preguntas de un periodista americano que, al comprobar la madurez y generosidad de los Huérfanos por la paz, había decidido dedicar a la fundación un extenso artículo en una de las revistas más prestigiosas del mundo.

Los niños recibieron con amplia sonrisa las palabras y las recomendaciones de Marcel, el monitor que se quedaba y se marcharon cantando. Raquelita empezó desentonando, como de costumbre, pero, a los pocos compases, como de costumbre también, ya había rectificado. Nadie la regañaba nunca ni se reía de ella. Empezaba desentonando… desentonando… decía el psiquiatra que algo en su psique infantil permanecía bloqueado…cuando estalló la bomba que mató a toda su familia, tanto los invitados como los anfitriones estaban cantando: Ella sólo tenía cuatro añitos, pero siempre se acordó de cómo el estruendo se tragó las canciones y abrió paso a los gritos, mientras la escalera se derrumbaba, llevándose al centro de la tierra el aullido de su madre junto con la fuente de la tarta grande.

En la fundación, Raquelita había aprendido a cantar de nuevo, aunque todavía le quedaba esta vacilación inicial de la cual aun no se había librado y que ahora se estaba manifestando en los primeros compases de un canto muy popular entre los pastores que, todos los veranos ascendían con sus rebaños por las escarpadas laderas de Jaujamayor, el país donde Huérfanos por la Paz tenía su sede.

Jaujamayor era un país que gozaba de muchos privilegios apreciables tales como no tener nunca conflictos bélicos con otros, estar a salvo del terrorismo, disponer de medios económicos suficientes para importar productos de cualquier parte del ancho mundo, vender sus relojes a precios exorbitantes y ver bajar por sus nevadas pistas a personajes variopintos, enmascarados por gafas de sol extravagantes que no garantizaban el anonimato en absoluto, pero actuaban como imanes sobre la capacidad orientativa de los periodistas. Era un prodigio que se producía a diario.

Además, en las calles de todas las ciudades de Jaujamayor se alineaban palacios de puertas monumentales, casi siempre muestras de mal gusto y pretensión, asentados sobre cimientos de varios pisos de profundidad que encerraban aposentos misteriosos cuyos umbrales sólo podían franquear quienes habían alcanzado el peso financiero adecuado para que unos sensores invisibles activaran los timbres de apertura. Estos vibraban según las pulsaciones de fórmulas secretas inscritas en la memoria de adustos cerebros electrónicos. Eran fórmulas que se podían utilizar durante tres horas, ocho minutos y treinta y cuatro segundos al día, por mediación de cinco guardianes de distintas edades, elegidos entre los más circunspectos de cuantos custodiaban aquellas sofisticadas cuevas en las cuales moraban los lingotes de oro y otros tesoros materiales de la Humanidad. En los pisos superiores de aquellos palacios el oro brillaba por su ausencia, pero el lujo relucía envolviendo en su delirante gusto el susurro de los negocios y el vals de los billetes.

Jaujamayor era, sin ninguna duda, un lugar privilegiado de la vida sofisticada y, como ya lo hemos mencionado, una fortaleza natural de gran belleza susceptible de despertar en el alma infantil la admiración por todo lo bello y el anhelo de alcanzar altísimas cimas espirituales, pero no tenía salida al mar (por lo menos esto es lo que todos creían), lo cual le evitaba la intrusión de piratas y otros navegantes de mal vivir en su territorio.


Después de todo lo dicho, nadie se extrañará de que el caritativo magnate a quien antes nos referíamos, hubiera abogado por Jaujamayor en la reunión de patrocinadores a la hora de elegir un sitio para residencia de la fundación Huérfanos por la Paz a la cual iba toda su predilección, porque acogía a niños de diversos países y razas cuyos padres habían fallecido, víctimas de guerras o atentados, en suma del odio ciego e implacable que algunas franjas de la población mundial profesaban a otras. El magnate, que se llamaba Mauricio, pero a quien decían Chali, porque así le habían llamado siempre en su familia desde que empezó a hacerlo su niñera, quería que los niños fueran educados en el amor a los demás, el respeto a toda la gente honrada y la búsqueda de la paz universal. El mismo no tenía ya familia, porque luengos años atrás, siendo todavía un hombre joven y mientras participaba en una asamblea internacional cuyo objetivo era fijar el precio de los barriles de crudo con la misma seriedad pasmosa que si se hubiera tratado del elixir de la perpetua salud, había aconsejado a su esposa que, en vez de aburrirse en la piscina del hotel, se fuera con los niños a visitar una reserva de fieras situada a pocos kilómetros de la capital africana en donde se encontraban y de cuyo nombre nunca consiguió acordarse, por mucho que se lo dijeran y repitieran cien veces al día: Nunca jamás se acordó del nombre del país ni de el de su capital, porque aquella sugerencia hecha a su mujer de irse a la reserva en el jeep, con los dos niños, había resultado una maldición: No llevaban ni diez minutos la madre y los hijos viajando y cantando cuando el coche saltó sobre una mina olvidada y los tres viajeros quedaron desintegrados en medio de un amasijo de hierros.

Chali estuvo varis meses delirando. Fue su apoderado, un lejano primo, más honrado que los hermanos y cuñados, quien se encargó de los negocios y un ama de llaves mucho más cariñosa que las hermanas y cuñadas, quien le cuidó como lo hubiera hecho su madre muerta de pena años atrás, cuando su marido murió después de apostar con unos invitados que podría ingerir sin peligros cantidades ingentes de una planta tóxica.

Chali sanó, pero, al recobrar la lucidez, el pobre hombre advirtió su fallo memorístico que ni los psiquiatras más renombrados, ni los sanadores más atentos, ni los magos más presumidos, consiguieron curarle.

Y él quería curarse, quería recordar donde habían expirado sus seres queridos. A ellos tampoco los recordaba. El olor a nardo que siempre envolvía a su mujer, sí le resultaba familiar, le cantaba durante unos segundos una melodía de pelo castaño, largo y ondulado y u una mirada entre verde y dorada… pero no conseguía asir el recuerdo y vivir con él: Otro tanto le pasaba con sus hijos. Miraba los juguetes, cogía el coche teledirigido en la habitación del niño, pero no le decía nada, lo volvía a poner encima del pequeño escritorio donde la lámpara en forma de paracaídas sostenido por una jirafa, dormía de pie, más inmóvil y tonta que las agujas de un reloj sin pilas. En el cuarto de la niña, una muñequitas vestidas de princesas exhibían su delgadez sobre unas almohadas rosas cuyos volantes habían perdido la costumbre de bailar, aunque, a veces, se abría la ventana. Las esbeltísimas muñecas, Chali ni las tocaba. No se atrevía y tampoco le importaba tocarlas o no. Le parecían idiotas y como desangeladas.
Luego, procuraba no pensar en las fotos, pero no lo conseguía. A pesar de todos sus esfuerzos por evitarlo, a veces las miraba y siempre pasaba lo mismo: las caras de su mujer y de sus hijos no se parecían a nada. Tenían ojos, nariz, boca y una ausencia total de identidad. No eran fotos, eran trozos de papel adornados con dibujitos sin sentido. A las demás personas, las reconocía perfectamente, pero a su mujer y a sus hijos, no.

Aparte de esto, él se había recuperado y estaba de nuevo a la cabeza de sus negocios, sentado en la silla presidencial de varias empresas, algunas no petroleras porque entendía mucho de lo importante que es la diversificación de la actividad comercial y de varias asociaciones políticas y culturales, así como de fundaciones caritativas entre las cuales Huérfanos Por la Paz era, y de lejos, su preferida. La había ideado y constituido él. Era su “niña mimada.” Se volcó en los niños que la integraban, todos niños muy pobres, abandonados a la muerte de sus padres al azar de los horrores, iba a verlos a menudo, los cubría de regalos, pero, sobre todo, cuidaba de su educación. Cuando el personal que los atendía se quejaba del mal comportamiento de algunos de ellos, hacía que sus colaboradores más inmediatos se encargaran especialmente de velar por que se corrigiera, evitando los castigos dentro de lo posible. Solía pedir que se utilizaran poco. Su propia educación había sido bastante severa, pero sin exceso y le parecía perfecto que la imitaran con sus “ahijados”, que así llamaba a los huérfanos de su fundación: Ellos a él le llamaban “Tío Chali” y le querían muchísimo, aunque sin gran familiaridad, porque le tenían este respeto algo distante que inspiran las personas poco dadas a juegos y bromas. Cuando querían complacerle al máximo, le gratificaban con un pequeño concierto de su propia orquesta, constituida gracias a los esfuerzos de los excelentes profesores de música que tenían y a la buena voluntad que ellos ponían para tratar de merecer algún día los aplausos de directores internacionales. También formaron un ballet y varios talleres de artes plásticas y artesanía que, en Jaujamayor y fuera de ella muchos entendidos admiraban sin reserva. Cada chiquillo o chiquilla encontraba pues en la fundación la posibilidad de desarrollar sus dotes personales en las condiciones más favorables.

Cuando estaba en Jaujamayor, Chali nunca dejaba de bajar al aposento privado que tenía en uno de los grandes palacios de la capital. Por lo general, le acompañaba uno de los custodios, que abría la primera puerta y por su secretario, que permanecía con él, no sólo para ayudarle a recordar la combinación que permitía abrir la segunda puerta, a la cual el custodio no tenía acceso, sino para echarle una mano a la hora de verificar que los tesoros estaban intactos y los papeles en orden. Pero ocurrió una vez, cuando ya habían pasado casi veinte años del fatal accidente, que él bajó solo porque el secretario se encontraba retenido en un emirato por un potentado que quería llegar a un trato sobre oleoductos y el asunto que motivaba la visita al sótano no tenía gran importancia. Además, él recordaba perfectamente la combinación.

Penetró, pues, en la cámara blindada con el ánimo bastante despreocupado y se puso a buscar en el armario designado en el catálogo con la mención “Belle Epoque” una diadema que había pertenecido a su bisabuela paterna y que quería regalar para su boda a una sobrinita suya a punto de casarse con un joven educado en la fundación.
Dicha sea la verdad, el suntuoso regalo no estaba destinado únicamente a complacer a la novia, sino también a mitigar el furor de los padres, que se había desatado de modo estentóreo cuando ellos se enteraron del compromiso de una hija suya, que podía aspirar a ser desposada por un príncipe, con un huérfano sin fortuna que trabajaba como jefe de un departamento sin relación alguna con los asuntos bursátiles en una de las empresas de Chali.

Como ya dijimos, el día aquel, cuando nuestro hombre fue a buscar la diadema, se sentía relajado y tenía tiempo por delante, así que, después de contemplar la magnífica joya, la dejó encima de la mesa, al lado de su estuche, que no cerró, porque era muy hermoso, con su forro de terciopelo morado digno de un atardecer operístico. Luego, se dedicó a explorar el armario del bisabuelo, cosa que no había hecho nunca hasta entonces y, he aquí que, detrás de diversas carpetas rellenas de papeles referentes a la historia familiar, apareció un bolso de marinero que contenía un cartapacio de cuero repujado en el cual había una carpeta con la mención: “El Barco de las Velas Verdes” y, debajo de esta indicación, venía dibujada una goleta con todas sus velas desplegadas. Las velas eran de un color verde semejante al de un oasis en el desierto, al canto del fa sostenido, al brillo de la hierba fresca y a los juncos que se contonean en las aguas del Nilo.

Chali se quedó pocos segundos contemplando la hermosa ilustración que llevaba la firma de su bisabuelo, de cuyo talento artístico nadie le había hablado nunca y abrió la carpeta, impulsado por la misma curiosidad que nos hubiera embargado a todos en parecidas circunstancias.

Lo primero que vio fue una hoja de pergamino que llevaba manuscrita una inscripción muy extraña. Era una advertencia que así rezaba: “Sólo un descendiente mío en line a directa, sea varón o hembra, esto no hace al caso, o su cónyuge, podrá abrir el sobre adjunto y enterarse de su contenido, pero será exclusivamente si se encuentra en grave peligros, afectado de una enfermedad incurable o en un estado de extrema zozobra. De no respetarse estas indicaciones, el lugar donde se encuentra esta carpeta será sumergido de inmediato por una espantosa inundación.

Chali se estremeció al recordar que el cuerpo de edificio en el que se encontraban las cámaras blindadas estaba rodeado por un río subterráneo cuyos puentes se levantaban todas las noches. La amenaza era terrible, pero su dolor también lo era. La incurable amnesia de la cual ya no hablaba con nadie, porque las miradas de conmiseración, no exentas de un fondo de burla que le asestaban muchos familiares y algunos conocidos le herían. Puede que no hubiera en ellas tanto pitorreo silencioso como él lo pensaba, porque, al fin y al cabo, la gente no es tan mala… aunque si bien carecía de una parte de su memoria, ciego no era. No le gustaba pensar mal de nadie, pero, mofa o no mofa, le dolía el alma. Soñaba con recordar a los suyos. Le dolía el sentirse un desperdicio de ser, sí, una especie de residuo que sobrevivía por error. Todo él era angustia, sufrimiento y vergüenza. Procuraba disimularlo e, incluso lo conseguía sin que su ficción, que a muchos engañaba, le engañara a él. Sentía un gran agobio, como quien no consigue llorar y no sabe si atribuir su aparente sequedad interior al sofoco de las lágrimas o a una inconfesable deficiencia sentimental que le hacía reo de profundo auto desprecio.

Apretó la carpeta entre sus dedos y empezó a sudar sin advertirlo. Articuló unas palabras a media voz. Dijo:”Sí, claro que sí, sí…, sí…esto es, yo...yo… padezco una enfermedad incurable, sí, yo… yo quepo, quepo en la categoría…”. No pudo seguir, porque ya le costaba mucho tragar saliva. Entonces pensó: “Además, la zozobra, sí, la zozobra…es lo mío.” Y abrió el sobre.

No hubo ninguna inundación. En el sobre se indicaba que el Barco de las Velas Verdes existía y navegaba por unos mares misteriosos e inaccesibles que se encontraban en diversos lugares del Globo y se comunicaban entre sí. La tripulación de ese bajel estaba compuesta por hombres que, en todas las generaciones, habían pedido dedicar años de su vida a sacar de apuros a seres desdichados, con el fin de expiar alguna falta grave que habían cometido y que lamentaban con absoluta sinceridad. Sin embargo, nadie que no tuviera una legítima razón para llamar al barco podía advertir su presencia, porque llevaba en el camarote del comandante de a bordo unos aparatos antiquísimos, que habían pertenecido a un rey marinero y con los cuales se mantenían alejados a los demás barcos que se acercaban a los mares misteriosos.

Todas estas explicaciones las había escrito el bisabuelo de Chali de su puño y letra. Por lo visto, sólo gente de su familia poblaba el barco y sólo gente de su familia podía solicitar su llegada con el fin de efectuar un rescate. El requisito inicial era utilizar dos veces seguidas la combinación que abría la caja fuerte en el orden inverso al acostumbrado. La caja fuerte se deslizaría entonces hacia la derecha, descubriendo en el suelo un hueco bastante ancho para que cupiera en él una persona y, dentro del hueco, una escalera de caracol. Se trataba de bajar por esta escalera, iluminándose con una lágrima de aguamarina que se encontraba en un estuche colocado en el fondo del bolso. Chali hundió la mano y encontró el estuche que contenía, efectivamente, la translúcida lágrima colgada de una cadena de platino. Siguiendo las instrucciones, se la colgó del cuello y terminó de leer los papeles, o, por lo menos, lo intentó, porque el final del texto era ilegible. La mitad inferior de la página había sido anegada por un líquido que había dejado manchas rosáceas y borrado las letras.

Chali no estaba dispuesto a arredrarse por tan poco. Pensó que, de haber sido importante el final del mensaje, su bisabuelo no lo hubiera dejado guardado en semejante estado, ya que, al no haber líquido alguno en el bolso, ni mancha tampoco, era lógico suponer que la página había sido depositada completamente seca en la carpeta en el mismo estado en el que se hallaba .El desperfecto, pues, era anterior a la inclusión de los papeles en el cartapacio. Lo más probable era que se tratara de una simple fórmula de despedida, o un deseo de buena suerte, algo por el estilo.

La esperanza se acababa de adueñar del alma de Chali, quien, después de echar una ojeada a la diadema que aguardaría su regreso encima de la mesa. Acariciaba la idea de que cuando asistiera a la boda de su sobrina, probablemente estuviera ya curado y que invitaría a la fiesta a todos los Huérfanos por la Paz. Se sentía vagamente ebrio. Comprendía que todo era posible. Decidió bajar de inmediato. Colgó en la puerta del aposento la sarta de monedas inglesas que llevaban la efigie de la reina Victoria, lo cual significaba “Me he marchado”, para que el custodio supiera, o creyera saber, con toda seguridad, que su distinguido cliente ya estaba fuera. De todas formas, Chali era un hombre prudente y cumplidor, así que dejó una esquela encima de la consola de la antecámara para confortar a todos en la convicción de que se había ido pronto. Cuando estuvo de nuevo encerrado en el aposento, volvió a meter el cartapacio y el estuche en la bolsa de marinero que se colgó del hombro, cogió su cartera, por costumbre, sin preguntarse de que le iba a servir, marcó la combinación según lo indicado y la caja fuerte se hizo a un lado, descubriendo un agujero circular que envolvía una escalera de caracol cuyos peldaños de plata primorosamente labrada, no tenían barandilla hasta unos dos metros de profundidad: Era preciso ir bajando con muchísimo cuidado. Así lo hizo Chali hasta llegar al lugar donde empezaba la barandilla. Siguiendo las indicaciones que había leído, apoyó sobre un ancla diminuta pegada a la `pared encalada y la caja fuerte volvió a su sitio, mientras la lágrima de aguamarina que llevaba colgada del cuello y que, según los movimientos que él hacía, le golpeaba suavemente el corazón, empezó a lucir encima de su pecho, iluminando el lugar.
Chali trató vanamente de divisar el fondo de aquel cilindro en el que se encontraba. No se le ocurrió contar los pasos. Bajó y bajó y siguió bajando durante mucho tiempo. Acabó sintiendo un gran cansancio y padeciendo sed. Entonces, su reloj de pulsera, que había perdido su luminosidad al principio de la aventura, la recuperó para señalarle que llevaba varias horas bajando sin cesar.

Iba a sentarse en uno de los escalones cuando advirtió que la pared había cambiado de color y de consistencia. Ya no era de albañilería, era una roca grisácea, parecida a la de cualquier caverna. Mientras se estaba extrañando de no haberlo advertido antes, la aguamarina alumbro una especie de descansillo. Allí, sobre un suelo jaspeado, se terminaba la escalera: Había un sofá y una mesilla con una jarra de agua, tres platos que contenían diversos manjares a base de pescado y la indispensable cubertería. Chali bebió, comió, se echó en el sofá y se durmió.
Una vez más, fue su reloj el que le devolvió la noción del tiempo cuando se despertó. Había transcurrido una noche entera. Al incorporarse, nuestro hombre vio una pequeña piscina a un metro de él y el desayuno servido encima de la mesa, pero, por mucho que buscara, no alcanzó a ver salida alguna, sino en el lugar en que había dejado la víspera la escalera que venía de arriba, otra igual, pero que iba para abajo. Resignado, se bañó, incluso se peinó, porque el “neceser” allí no faltaba.

De repente se sintió lleno de fuerzas y esperanza. Reemprendió la bajada tarareando una melodía de su juventud. Ahora, la pared cilíndrica era de madera, una madera tropical cuyo olor le resultó muy agradable. Bajó y siguió bajando. Se le apagó la melodía en los labios y la alegría en el alma, pero se empeñó en seguir bajando. Pensó: “¿Qué remedio me queda? No parece que haya posibilidad de volver a subir. Por otra parte, como hubiera dicho mi padre, esto de dejar las cosas a medio hacer es propio de cobardes que no valen para nada. Así que ¡Adelante!” Y siguió bajando hasta sentirse físicamente agotado y moralmente hundido.

Pensó en los Huérfanos por la Paz y se dejó invadir por el temor de no verlos más y, sobre todo, de que ellos nunca volviesen a verle. El los quería muchísimo, pero ellos a él también. Barajó la hipótesis de haberse metido tontamente en un avispero. Quiso recobrar el ánimo, la voluntad de ganar que, según todos proclamaban, había heredado de su padre, jugador empedernido, no en las mesas de los casinos, sino en los negocios y en la vida cotidiana. Pensó en sus padres: Un día los había visto en el salón se música, de su casa. El, con la flauta de Izmir todavía en la mano y su madre con el laúd que estaba dejando sobre el taburete del piano. Ambos se habían dado un beso lleno de amorosa ternura y aquello, para el rapaz de once años que era entonces, había sido la revelación del amor conyugal y de un intenso y profundo júbilo que, a partir de aquel momento, se renovaría siempre que lo evocara. En la escalera ocurrió como siempre, el recuerdo del beso fue un revulsivo. Chali comprendió que todo aquello no podía estar desprovisto de sentido y al llegar a un descansillo en el que vio un colchón en el suelo y una copa de vino blanco al lado de la cabecera, bebió, se acostó y se durmió. Cuando se despertó, un minúsculo cuarto de baño, una ducha con un lavabo y el neceser, le permitieron asearse. Lo hizo antes de dar buena cuenta de una colación que apareció en la misma mesilla que la de la víspera.

Miró la pared y se quedó estupefacto al ver que se había transformado en un bosque tropical que apenas si dejaba pasar hilos de luz entre su exuberante vegetación y que se encontraba fuera del alcance de sus manos, que tropezaron con una pared de cristal invisible pero helada cuando las alargó para tocar las plantas que crecían al amparo de árboles gigantescos. Vio la escalera y reemprendió la bajada pensando que entre las alturas de Jaujamayor y el nivel de mar era natural que mediase una gran distancia y que, por lo tanto, su impaciencia carecía de sentido. Siguió bajando. Una noche, durmió sobre un jergón que muchos mendigos hubieran despreciado pero bebió el licor más sabroso que había probado en su vida. Su sabor se parecía al de aloe que su madre se empeñaba en darle todas las noches, antes de que cumpliera los diez años. Fue cuando la pared le ofreció el espectáculo de niños que jugaban a matar pájaros inocentes y acababan matándose entre ellos. Más tarde, la pared adquirió un color lechoso que, pronto, se transformó en un torrente que arrastraba pequeños peces desconocidos. Como los días precedentes, acabó exhausto y deprimido. .La pared ya era un campo de amapolas que cantaban como un coro celestial. Pero a Chali, por mucho que le embriagaran las primeras voces que oía desde que había iniciado la bajada, sólo le importaba descansar. Se preguntaba cuánto tiempo le faltaba para encontrar un descansillo. En el preciso momento en que la exasperación se apoderaba de sus nervios y estaba cogiendo su cartera con rabia para tirarla contra la pared de cristal, el descansillo apareció… vacío, totalmente vacío y cerrado por todas partes por rocas muy oscuras. Se asustó creyendo haber desembocado en su tumba, pero acabó advirtiendo un paso, ciertamente estrecho, pero suficiente para que se deslizara por él. Lo hizo. No anduvo ni cinco metros antes de advertir que la galería se ensanchaba y de que, no muy lejos, se distinguía la luz del día: No pensó nada, no dijo nada, avanzó y siguió avanzando. Entonces empezó a oler el aire marino y a oír el bramido de las olas. Por fin, llegó a la orilla del mar y, al recorrer el horizonte con la mirada, descubrió, fondeado justo enfrente de sus ojos, el Barco de las Velas Verdes.

Le invadió el gozo con tal violencia que, durante unos segundos, pudo contemplar el alborozo de su alma de forma que no se percató del instante en que bajaron una chalupa del barco .Esta se le acercó y el timonero, un hombre vestido a la antigua usanza le pidió que refiriera el texto contenido en el cartapacio, cosa que Chali hizo a la perfección hasta llegar a la parte final que, como lo explicó, estaba borrada, por lo que la desconocía. El marinero le dirigió una mirada vagamente irónica y le preguntó cuál era su deseo. Chali contestó:” “Curarme”.
Ante el silencio del marinero, se sintió un poco desconcertado y reiteró su demanda. El otro le miró con no fingida indiferencia e, incluso, con cierto desprecio, antes de emitir su sentencia, un “no” muy seco que no admitía réplica. A Chali, se le cayó el alma a los pies .Ni se atrevió a indagar, a pedir alguna aclaración. Se percató de que todo resultaría vano. Siguió maquinalmente las indicaciones del marinero que le sugería subir por un ascensor situado a su derecha. No lo había visto hasta entonces. Apareció en medio de las rocas cual artilugio mágico. El marinero le dijo que sólo tardaría un minuto en dejarle en su aposento. Chali lloraba, lloraba con unas lágrimas que hubieran podido enlutar todos los océanos del mundo. El marinero, ya más afable, le dijo que nunca se agotaría la corriente que formaban, sino que se adentraría en el corazón del mar. Cerró la puerta del ascensor y, los pocos minutos, Chali penetraba en su aposento por una puerta secreta que había tomado siempre por una vitrina que contenía un narguilé muy antiguo y espléndidamente decorado. Miró a través de sus lágrimas la caja fuerte que permanecía impasible en su sitio como si nada hubiera ocurrido. El siguiente motivo de asombro fue comprobar que no sólo su propio reloj de pulsera, sino el que tenía encima de la mesa indicaban la misma hora y la misma fecha que cuando se había marchado: En la antecámara la sarta de monedas estaba en su sitio y la esquela también: El tiempo no había transcurrido: Sin embargo, no podía tratarse de un sueño, él no se había dormido y llevaba al hombro la bolsa de marinero con todo su contenido. El había bajado, había visto el Barco de las Velas Verdes. No lo entendía, pero pensó que así son las cosas sobrenaturales, extrañas y misteriosas. Además no le importaba, no le importaba nada, aparte de su fracaso. Devolvió la bolsa a su sitio, cerró el armario, cogió la diadema y se fue. Actuaba maquinalmente, se sentía como un pelele herido en su interior por miles de minúsculas agujas, un ser irrisorio, destinado a un sufrimiento sin fin, a una condena perpetua que no creía merecer pero que se le infligía, quizás por error, porque él no recordaba haber dañado intencionadamente a nadie. En fin, decidió volver a la “suite” que le estaba siempre reservada en uno de los mejores hoteles de la ciudad y donde se codeaba con la flor y nata de la alta sociedad, aburrimiento al que estaba lo bastante acostumbrado para no concederle mayor importancia.

Salió pues a la calle sin llamar a su chófer. Prefería andar: El aire fresco le resultó en extremo agradable, por lo que emprendió la marcha con cierto placer. A partir de entonces, no se le borró nunca el sufrimiento del corazón, ni la sensación odiosa de ser une especie de monstruo. Por más que hiciera, pensaba en el Barco de los Velas Verdes, este pensamiento le acompañaba por doquier, de forma que él, tan pendiente de recordar, no conseguía olvidar. Todo era absurdo, tanto más cuanto que este dolor amargo y destructivo, fue poco a poco cohabitando con una serenidad que, al principio, se le antojó un disparate, pero que no cedió ante los argumentos lógicos que el pobre hombre, creyendo estar perdiendo sus facultades mentales, trató de oponerle.

Pasaron los días y la íntima satisfacción de Chali fue en aumento discreto, haciendo buenas migas con el dolor que no cesaba. Muy a menudo, nuestro hombre pensaba que, realmente, había vivido una aventura extraordinaria, que no podía contar a nadie, porque las instrucciones del bisabuelo eran tajantes en cuanto al secreto, pero esto no le molestaba en absoluto ya que no tenía el menor interés en desvelar el asunto. Era una vivencia suya, no pensaba compartirla absolutamente con nadie, ni siquiera con los mayores de entre los Huérfanos.

De esta forma, pasaron tres años, hasta que llegó el viaje de los chiquillos a Indonesia y amaneció el famoso 26 de diciembre, día del tsunami. Chali se encontraba a la sazón en una capital norteamericana. Al enterarse de la noticia, se estremeció, colapsando varias líneas telefónicas con sus llamadas y las de sus colaboradores. Al no conseguir la menor noticia de los chavales y enterarse de que cualquier viaje a la zona afectada era totalmente imposible, incluso para él, ordenó al piloto de su avión que le llevara a Jaujamayor con la máxima celeridad: Allí tampoco pudieron darle noticias. Nada se sabía de los Huérfanos, ni siquiera de Marcel o de los otros monitores. Pasaban las horas y, en la Fundación, todos gemían al comprobar tanto su propia impotencia como la de las autoridades que afirmaban entender el furor de Chali, su pena y su angustia, pero ser totalmente impotentes para satisfacer su legítima demanda de eficacia.

Al salir del despacho de un embajador que se había quedado muy acongojado, no por la suerte de los huérfanos que tampoco le importaba demasiado, sino por la amenaza de Chali de enviar su petróleo por un oleoducto que atravesaba un país rival, nuestro hombre se sintió de repente, lleno de energía y tomó una decisión que él mismo hubiera creído fruto del delirio unos minutos antes y que, de repente le pareció la única acertada. Volvería a bajar, el Barco de las Velas Verdes fondearía en la bahía, vendría la chalana, con el marinero a bordo, preguntándole por su deseo. Se lo diría, le suplicaría por sus niños. Le suplicaría, con mucha humildad para que se le perdonara el no conocer el final del mensaje dejado por su bisabuelo. Le suplicaría, se arrastraría a sus pies si fuera necesario, pero le convencería, estaba seguro de ser lo suficientemente elocuente para que el Barco de las Velas Verdes fuera a rescatar a los niños si aún estaban en vida.

Y volvió a bajar y a pasar por las mismas etapas que la primera vez y llegó al final y vio el Barco de las Velas Verdes. No le dio tiempo a suplicar, porque, cuando el marinero se enteró de lo que estaba pidiendo, le invitó a embarcarse. Mientras navegaban hacia la nave, le dijo: “Se te va a conceder lo que anhelas para tus protegidos, además de lo que pediste para ti, porque, ahora, pides para otros y te olvidas de tus propias necesidades.”
Cuando subió a la cubierta, el comandante le saludó con estas palabras: “Bienvenido eres, Chali, actuaste como hombre generoso. Ahora mismo, vamos a rescatar a los niños. Todos están vivos, así como sus monitores. Marcel y el periodista americano están en un tejado desvencijado, sin comer ni beber, pero en compañía de una señora que ha salvado su bolso y guarda en él la grabadora Llegaremos dentro de poco tiempo. Tú, alégrate doblemente puesto que te estás curando. Al oír esta frase, Chali recobró la memoria, recordó a su mujer y a sus hijos y el alma, el espíritu, el corazón le supieron a miel con canela. Besó el borde de la primera de las Velas Verdes que ondeaba a su lado y fue entonces cuando oyó el canto, el canto de Raquelita. La niñita cantaba, allí lejos, muy lejos, en el otro extremo del mundo, la niñita cantaba sin desentonar. Raquelita estaba descubriendo la esperanza y la danza de las velas en los esbeltos mástiles, la acompañaba con el arrebatador susurro de las olas que incitaba a los demás navíos a alejarse del Barco de las Velas Verdes.