Cuentos de la Abuela Malcah
B”H
El Barco De Las Velas Verdes
De no haber mediado la intervención de un magnate del petróleo que había ofrecido a los niños de entre 10 y 14 años de la Fundación Huérfanos por la Paz, que él patrocinaba, un viaje a Extremo Oriente como regalo de fin de año, lo más probable es que ni Alberto, ni Chiara, ni Olaf, ni Lucía, ni Marguerite, ni Vincent, ni Atzuko, ni Aziz, ni Falacha, ni Tchukrina, ni ningún otro u otra del grupo, hubiera sabido nunca lo que es un tsunami o, por lo menos, hubiera tardado años en saberlo, porque, en el frío y montañoso país europeo donde vivían estas cosas no ocurrían.
Su rico bienhechor, que nunca dejaba de hacerles una visita cada tres o cuatro meses, les había anunciado, al principio del otoño, que gozarían de unas maravillosas vacaciones en un lugar paradisíaco y les había repetido lo que siempre les decía: “Ya sabéis que os hago pocos regalos personales. Prefiero los regalos colectivos, porque sois y habéis de ser siempre, una gran familia. Me encanta ver como sabéis compartirlo todo, vuestras penas y vuestras alegrías. Todos habéis perdido a vuestros padres en guerras o atentados, víctimas del odio entre grupos o naciones, entre seres humanos que se creen enemigos los unos de los otros y que, realmente, están locos. Vosotros, en cambio, sois sensatos, os queréis mucho y sois verdaderos hermanos. El único enemigo que todos tenemos es el odio y éste se vence con la concordia. Vosotros, esto lo entendéis, de forma que constituís una espléndida esperanza para el mundo entero y yo, os quiero con toda mi alma.”
Ellos también le querían, porque, con esta perspicacia propia de los ingenuos, captaban su sinceridad.
Así fue como aquel 26 de Diciembre, que iba a quedar grabado en la memoria de toda la humanidad con señas de estupor, ellos se habían despertado alegres, habían saboreado frutas tropicales bajo los cocoteros y organizado con sus monitores una excursión a un altozano en el que, según dijeron los camareros, unos jovencitos como ellos se lo pasarían muy bien jugando con unos camiones abandonados que eran verdaderas viviendas ambulantes y que sus dueños habían dejado tras averías que nadie había sabido arreglar. Las autoridades habían ordenado remolcar los vehículos hasta allí arriba para evitar que su vista molestara o inquietara a los turistas elegantes que venían a solazarse tranquilamente.
Era una mañana muy luminosa, incluso más luminosa que las precedentes, lo cual era un verdadero prodigio, porque aquellos parajes eran la mismísima morada del resplandor. Sí, aquella mañana lo superaba todo en hermosura y armonía. Los pájaros multicolores cantaban a la mar los mensajes de amor que le enviaba el cielo y llevaban al altivo zafiro las respuestas de la ondulante belleza que surcaban barcos de casco oblongo y velas gráciles.
Aquella mañana, pues, los niños emprendieron el camino hacia el altozano a eso de las once, acompañados por dos de sus tres monitores. El tercero se quedó en el hotel para responder a las preguntas de un periodista americano que, al comprobar la madurez y generosidad de los Huérfanos por la paz, había decidido dedicar a la fundación un extenso artículo en una de las revistas más prestigiosas del mundo.
Los niños recibieron con amplia sonrisa las palabras y las recomendaciones de Marcel, el monitor que se quedaba y se marcharon cantando. Raquelita empezó desentonando, como de costumbre, pero, a los pocos compases, como de costumbre también, ya había rectificado. Nadie la regañaba nunca ni se reía de ella. Empezaba desentonando… desentonando… decía el psiquiatra que algo en su psique infantil permanecía bloqueado…cuando estalló la bomba que mató a toda su familia, tanto los invitados como los anfitriones estaban cantando: Ella sólo tenía cuatro añitos, pero siempre se acordó de cómo el estruendo se tragó las canciones y abrió paso a los gritos, mientras la escalera se derrumbaba, llevándose al centro de la tierra el aullido de su madre junto con la fuente de la tarta grande.
En la fundación, Raquelita había aprendido a cantar de nuevo, aunque todavía le quedaba esta vacilación inicial de la cual aun no se había librado y que ahora se estaba manifestando en los primeros compases de un canto muy popular entre los pastores que, todos los veranos ascendían con sus rebaños por las escarpadas laderas de Jaujamayor, el país donde Huérfanos por la Paz tenía su sede.
Jaujamayor era un país que gozaba de muchos privilegios apreciables tales como no tener nunca conflictos bélicos con otros, estar a salvo del terrorismo, disponer de medios económicos suficientes para importar productos de cualquier parte del ancho mundo, vender sus relojes a precios exorbitantes y ver bajar por sus nevadas pistas a personajes variopintos, enmascarados por gafas de sol extravagantes que no garantizaban el anonimato en absoluto, pero actuaban como imanes sobre la capacidad orientativa de los periodistas. Era un prodigio que se producía a diario.
Además, en las calles de todas las ciudades de Jaujamayor se alineaban palacios de puertas monumentales, casi siempre muestras de mal gusto y pretensión, asentados sobre cimientos de varios pisos de profundidad que encerraban aposentos misteriosos cuyos umbrales sólo podían franquear quienes habían alcanzado el peso financiero adecuado para que unos sensores invisibles activaran los timbres de apertura. Estos vibraban según las pulsaciones de fórmulas secretas inscritas en la memoria de adustos cerebros electrónicos. Eran fórmulas que se podían utilizar durante tres horas, ocho minutos y treinta y cuatro segundos al día, por mediación de cinco guardianes de distintas edades, elegidos entre los más circunspectos de cuantos custodiaban aquellas sofisticadas cuevas en las cuales moraban los lingotes de oro y otros tesoros materiales de la Humanidad. En los pisos superiores de aquellos palacios el oro brillaba por su ausencia, pero el lujo relucía envolviendo en su delirante gusto el susurro de los negocios y el vals de los billetes.
Jaujamayor era, sin ninguna duda, un lugar privilegiado de la vida sofisticada y, como ya lo hemos mencionado, una fortaleza natural de gran belleza susceptible de despertar en el alma infantil la admiración por todo lo bello y el anhelo de alcanzar altísimas cimas espirituales, pero no tenía salida al mar (por lo menos esto es lo que todos creían), lo cual le evitaba la intrusión de piratas y otros navegantes de mal vivir en su territorio.
Después de todo lo dicho, nadie se extrañará de que el caritativo magnate a quien antes nos referíamos, hubiera abogado por Jaujamayor en la reunión de patrocinadores a la hora de elegir un sitio para residencia de la fundación Huérfanos por la Paz a la cual iba toda su predilección, porque acogía a niños de diversos países y razas cuyos padres habían fallecido, víctimas de guerras o atentados, en suma del odio ciego e implacable que algunas franjas de la población mundial profesaban a otras. El magnate, que se llamaba Mauricio, pero a quien decían Chali, porque así le habían llamado siempre en su familia desde que empezó a hacerlo su niñera, quería que los niños fueran educados en el amor a los demás, el respeto a toda la gente honrada y la búsqueda de la paz universal. El mismo no tenía ya familia, porque luengos años atrás, siendo todavía un hombre joven y mientras participaba en una asamblea internacional cuyo objetivo era fijar el precio de los barriles de crudo con la misma seriedad pasmosa que si se hubiera tratado del elixir de la perpetua salud, había aconsejado a su esposa que, en vez de aburrirse en la piscina del hotel, se fuera con los niños a visitar una reserva de fieras situada a pocos kilómetros de la capital africana en donde se encontraban y de cuyo nombre nunca consiguió acordarse, por mucho que se lo dijeran y repitieran cien veces al día: Nunca jamás se acordó del nombre del país ni de el de su capital, porque aquella sugerencia hecha a su mujer de irse a la reserva en el jeep, con los dos niños, había resultado una maldición: No llevaban ni diez minutos la madre y los hijos viajando y cantando cuando el coche saltó sobre una mina olvidada y los tres viajeros quedaron desintegrados en medio de un amasijo de hierros.
Chali estuvo varis meses delirando. Fue su apoderado, un lejano primo, más honrado que los hermanos y cuñados, quien se encargó de los negocios y un ama de llaves mucho más cariñosa que las hermanas y cuñadas, quien le cuidó como lo hubiera hecho su madre muerta de pena años atrás, cuando su marido murió después de apostar con unos invitados que podría ingerir sin peligros cantidades ingentes de una planta tóxica.
Chali sanó, pero, al recobrar la lucidez, el pobre hombre advirtió su fallo memorístico que ni los psiquiatras más renombrados, ni los sanadores más atentos, ni los magos más presumidos, consiguieron curarle.
Y él quería curarse, quería recordar donde habían expirado sus seres queridos. A ellos tampoco los recordaba. El olor a nardo que siempre envolvía a su mujer, sí le resultaba familiar, le cantaba durante unos segundos una melodía de pelo castaño, largo y ondulado y u una mirada entre verde y dorada… pero no conseguía asir el recuerdo y vivir con él: Otro tanto le pasaba con sus hijos. Miraba los juguetes, cogía el coche teledirigido en la habitación del niño, pero no le decía nada, lo volvía a poner encima del pequeño escritorio donde la lámpara en forma de paracaídas sostenido por una jirafa, dormía de pie, más inmóvil y tonta que las agujas de un reloj sin pilas. En el cuarto de la niña, una muñequitas vestidas de princesas exhibían su delgadez sobre unas almohadas rosas cuyos volantes habían perdido la costumbre de bailar, aunque, a veces, se abría la ventana. Las esbeltísimas muñecas, Chali ni las tocaba. No se atrevía y tampoco le importaba tocarlas o no. Le parecían idiotas y como desangeladas.
Luego, procuraba no pensar en las fotos, pero no lo conseguía. A pesar de todos sus esfuerzos por evitarlo, a veces las miraba y siempre pasaba lo mismo: las caras de su mujer y de sus hijos no se parecían a nada. Tenían ojos, nariz, boca y una ausencia total de identidad. No eran fotos, eran trozos de papel adornados con dibujitos sin sentido. A las demás personas, las reconocía perfectamente, pero a su mujer y a sus hijos, no.
Luego, procuraba no pensar en las fotos, pero no lo conseguía. A pesar de todos sus esfuerzos por evitarlo, a veces las miraba y siempre pasaba lo mismo: las caras de su mujer y de sus hijos no se parecían a nada. Tenían ojos, nariz, boca y una ausencia total de identidad. No eran fotos, eran trozos de papel adornados con dibujitos sin sentido. A las demás personas, las reconocía perfectamente, pero a su mujer y a sus hijos, no.
Aparte de esto, él se había recuperado y estaba de nuevo a la cabeza de sus negocios, sentado en la silla presidencial de varias empresas, algunas no petroleras porque entendía mucho de lo importante que es la diversificación de la actividad comercial y de varias asociaciones políticas y culturales, así como de fundaciones caritativas entre las cuales Huérfanos Por la Paz era, y de lejos, su preferida. La había ideado y constituido él. Era su “niña mimada.” Se volcó en los niños que la integraban, todos niños muy pobres, abandonados a la muerte de sus padres al azar de los horrores, iba a verlos a menudo, los cubría de regalos, pero, sobre todo, cuidaba de su educación. Cuando el personal que los atendía se quejaba del mal comportamiento de algunos de ellos, hacía que sus colaboradores más inmediatos se encargaran especialmente de velar por que se corrigiera, evitando los castigos dentro de lo posible. Solía pedir que se utilizaran poco. Su propia educación había sido bastante severa, pero sin exceso y le parecía perfecto que la imitaran con sus “ahijados”, que así llamaba a los huérfanos de su fundación: Ellos a él le llamaban “Tío Chali” y le querían muchísimo, aunque sin gran familiaridad, porque le tenían este respeto algo distante que inspiran las personas poco dadas a juegos y bromas. Cuando querían complacerle al máximo, le gratificaban con un pequeño concierto de su propia orquesta, constituida gracias a los esfuerzos de los excelentes profesores de música que tenían y a la buena voluntad que ellos ponían para tratar de merecer algún día los aplausos de directores internacionales. También formaron un ballet y varios talleres de artes plásticas y artesanía que, en Jaujamayor y fuera de ella muchos entendidos admiraban sin reserva. Cada chiquillo o chiquilla encontraba pues en la fundación la posibilidad de desarrollar sus dotes personales en las condiciones más favorables.
Cuando estaba en Jaujamayor, Chali nunca dejaba de bajar al aposento privado que tenía en uno de los grandes palacios de la capital. Por lo general, le acompañaba uno de los custodios, que abría la primera puerta y por su secretario, que permanecía con él, no sólo para ayudarle a recordar la combinación que permitía abrir la segunda puerta, a la cual el custodio no tenía acceso, sino para echarle una mano a la hora de verificar que los tesoros estaban intactos y los papeles en orden. Pero ocurrió una vez, cuando ya habían pasado casi veinte años del fatal accidente, que él bajó solo porque el secretario se encontraba retenido en un emirato por un potentado que quería llegar a un trato sobre oleoductos y el asunto que motivaba la visita al sótano no tenía gran importancia. Además, él recordaba perfectamente la combinación.
Penetró, pues, en la cámara blindada con el ánimo bastante despreocupado y se puso a buscar en el armario designado en el catálogo con la mención “Belle Epoque” una diadema que había pertenecido a su bisabuela paterna y que quería regalar para su boda a una sobrinita suya a punto de casarse con un joven educado en la fundación.
Dicha sea la verdad, el suntuoso regalo no estaba destinado únicamente a complacer a la novia, sino también a mitigar el furor de los padres, que se había desatado de modo estentóreo cuando ellos se enteraron del compromiso de una hija suya, que podía aspirar a ser desposada por un príncipe, con un huérfano sin fortuna que trabajaba como jefe de un departamento sin relación alguna con los asuntos bursátiles en una de las empresas de Chali.
Dicha sea la verdad, el suntuoso regalo no estaba destinado únicamente a complacer a la novia, sino también a mitigar el furor de los padres, que se había desatado de modo estentóreo cuando ellos se enteraron del compromiso de una hija suya, que podía aspirar a ser desposada por un príncipe, con un huérfano sin fortuna que trabajaba como jefe de un departamento sin relación alguna con los asuntos bursátiles en una de las empresas de Chali.
Como ya dijimos, el día aquel, cuando nuestro hombre fue a buscar la diadema, se sentía relajado y tenía tiempo por delante, así que, después de contemplar la magnífica joya, la dejó encima de la mesa, al lado de su estuche, que no cerró, porque era muy hermoso, con su forro de terciopelo morado digno de un atardecer operístico. Luego, se dedicó a explorar el armario del bisabuelo, cosa que no había hecho nunca hasta entonces y, he aquí que, detrás de diversas carpetas rellenas de papeles referentes a la historia familiar, apareció un bolso de marinero que contenía un cartapacio de cuero repujado en el cual había una carpeta con la mención: “El Barco de las Velas Verdes” y, debajo de esta indicación, venía dibujada una goleta con todas sus velas desplegadas. Las velas eran de un color verde semejante al de un oasis en el desierto, al canto del fa sostenido, al brillo de la hierba fresca y a los juncos que se contonean en las aguas del Nilo.
Chali se quedó pocos segundos contemplando la hermosa ilustración que llevaba la firma de su bisabuelo, de cuyo talento artístico nadie le había hablado nunca y abrió la carpeta, impulsado por la misma curiosidad que nos hubiera embargado a todos en parecidas circunstancias.
Lo primero que vio fue una hoja de pergamino que llevaba manuscrita una inscripción muy extraña. Era una advertencia que así rezaba: “Sólo un descendiente mío en line a directa, sea varón o hembra, esto no hace al caso, o su cónyuge, podrá abrir el sobre adjunto y enterarse de su contenido, pero será exclusivamente si se encuentra en grave peligros, afectado de una enfermedad incurable o en un estado de extrema zozobra. De no respetarse estas indicaciones, el lugar donde se encuentra esta carpeta será sumergido de inmediato por una espantosa inundación.
Chali se estremeció al recordar que el cuerpo de edificio en el que se encontraban las cámaras blindadas estaba rodeado por un río subterráneo cuyos puentes se levantaban todas las noches. La amenaza era terrible, pero su dolor también lo era. La incurable amnesia de la cual ya no hablaba con nadie, porque las miradas de conmiseración, no exentas de un fondo de burla que le asestaban muchos familiares y algunos conocidos le herían. Puede que no hubiera en ellas tanto pitorreo silencioso como él lo pensaba, porque, al fin y al cabo, la gente no es tan mala… aunque si bien carecía de una parte de su memoria, ciego no era. No le gustaba pensar mal de nadie, pero, mofa o no mofa, le dolía el alma. Soñaba con recordar a los suyos. Le dolía el sentirse un desperdicio de ser, sí, una especie de residuo que sobrevivía por error. Todo él era angustia, sufrimiento y vergüenza. Procuraba disimularlo e, incluso lo conseguía sin que su ficción, que a muchos engañaba, le engañara a él. Sentía un gran agobio, como quien no consigue llorar y no sabe si atribuir su aparente sequedad interior al sofoco de las lágrimas o a una inconfesable deficiencia sentimental que le hacía reo de profundo auto desprecio.
Apretó la carpeta entre sus dedos y empezó a sudar sin advertirlo. Articuló unas palabras a media voz. Dijo:”Sí, claro que sí, sí…, sí…esto es, yo...yo… padezco una enfermedad incurable, sí, yo… yo quepo, quepo en la categoría…”. No pudo seguir, porque ya le costaba mucho tragar saliva. Entonces pensó: “Además, la zozobra, sí, la zozobra…es lo mío.” Y abrió el sobre.
No hubo ninguna inundación. En el sobre se indicaba que el Barco de las Velas Verdes existía y navegaba por unos mares misteriosos e inaccesibles que se encontraban en diversos lugares del Globo y se comunicaban entre sí. La tripulación de ese bajel estaba compuesta por hombres que, en todas las generaciones, habían pedido dedicar años de su vida a sacar de apuros a seres desdichados, con el fin de expiar alguna falta grave que habían cometido y que lamentaban con absoluta sinceridad. Sin embargo, nadie que no tuviera una legítima razón para llamar al barco podía advertir su presencia, porque llevaba en el camarote del comandante de a bordo unos aparatos antiquísimos, que habían pertenecido a un rey marinero y con los cuales se mantenían alejados a los demás barcos que se acercaban a los mares misteriosos.
Todas estas explicaciones las había escrito el bisabuelo de Chali de su puño y letra. Por lo visto, sólo gente de su familia poblaba el barco y sólo gente de su familia podía solicitar su llegada con el fin de efectuar un rescate. El requisito inicial era utilizar dos veces seguidas la combinación que abría la caja fuerte en el orden inverso al acostumbrado. La caja fuerte se deslizaría entonces hacia la derecha, descubriendo en el suelo un hueco bastante ancho para que cupiera en él una persona y, dentro del hueco, una escalera de caracol. Se trataba de bajar por esta escalera, iluminándose con una lágrima de aguamarina que se encontraba en un estuche colocado en el fondo del bolso. Chali hundió la mano y encontró el estuche que contenía, efectivamente, la translúcida lágrima colgada de una cadena de platino. Siguiendo las instrucciones, se la colgó del cuello y terminó de leer los papeles, o, por lo menos, lo intentó, porque el final del texto era ilegible. La mitad inferior de la página había sido anegada por un líquido que había dejado manchas rosáceas y borrado las letras.
Chali no estaba dispuesto a arredrarse por tan poco. Pensó que, de haber sido importante el final del mensaje, su bisabuelo no lo hubiera dejado guardado en semejante estado, ya que, al no haber líquido alguno en el bolso, ni mancha tampoco, era lógico suponer que la página había sido depositada completamente seca en la carpeta en el mismo estado en el que se hallaba .El desperfecto, pues, era anterior a la inclusión de los papeles en el cartapacio. Lo más probable era que se tratara de una simple fórmula de despedida, o un deseo de buena suerte, algo por el estilo.
La esperanza se acababa de adueñar del alma de Chali, quien, después de echar una ojeada a la diadema que aguardaría su regreso encima de la mesa. Acariciaba la idea de que cuando asistiera a la boda de su sobrina, probablemente estuviera ya curado y que invitaría a la fiesta a todos los Huérfanos por la Paz. Se sentía vagamente ebrio. Comprendía que todo era posible. Decidió bajar de inmediato. Colgó en la puerta del aposento la sarta de monedas inglesas que llevaban la efigie de la reina Victoria, lo cual significaba “Me he marchado”, para que el custodio supiera, o creyera saber, con toda seguridad, que su distinguido cliente ya estaba fuera. De todas formas, Chali era un hombre prudente y cumplidor, así que dejó una esquela encima de la consola de la antecámara para confortar a todos en la convicción de que se había ido pronto. Cuando estuvo de nuevo encerrado en el aposento, volvió a meter el cartapacio y el estuche en la bolsa de marinero que se colgó del hombro, cogió su cartera, por costumbre, sin preguntarse de que le iba a servir, marcó la combinación según lo indicado y la caja fuerte se hizo a un lado, descubriendo un agujero circular que envolvía una escalera de caracol cuyos peldaños de plata primorosamente labrada, no tenían barandilla hasta unos dos metros de profundidad: Era preciso ir bajando con muchísimo cuidado. Así lo hizo Chali hasta llegar al lugar donde empezaba la barandilla. Siguiendo las indicaciones que había leído, apoyó sobre un ancla diminuta pegada a la `pared encalada y la caja fuerte volvió a su sitio, mientras la lágrima de aguamarina que llevaba colgada del cuello y que, según los movimientos que él hacía, le golpeaba suavemente el corazón, empezó a lucir encima de su pecho, iluminando el lugar.
Chali trató vanamente de divisar el fondo de aquel cilindro en el que se encontraba. No se le ocurrió contar los pasos. Bajó y bajó y siguió bajando durante mucho tiempo. Acabó sintiendo un gran cansancio y padeciendo sed. Entonces, su reloj de pulsera, que había perdido su luminosidad al principio de la aventura, la recuperó para señalarle que llevaba varias horas bajando sin cesar.
Chali trató vanamente de divisar el fondo de aquel cilindro en el que se encontraba. No se le ocurrió contar los pasos. Bajó y bajó y siguió bajando durante mucho tiempo. Acabó sintiendo un gran cansancio y padeciendo sed. Entonces, su reloj de pulsera, que había perdido su luminosidad al principio de la aventura, la recuperó para señalarle que llevaba varias horas bajando sin cesar.
Iba a sentarse en uno de los escalones cuando advirtió que la pared había cambiado de color y de consistencia. Ya no era de albañilería, era una roca grisácea, parecida a la de cualquier caverna. Mientras se estaba extrañando de no haberlo advertido antes, la aguamarina alumbro una especie de descansillo. Allí, sobre un suelo jaspeado, se terminaba la escalera: Había un sofá y una mesilla con una jarra de agua, tres platos que contenían diversos manjares a base de pescado y la indispensable cubertería. Chali bebió, comió, se echó en el sofá y se durmió.
Una vez más, fue su reloj el que le devolvió la noción del tiempo cuando se despertó. Había transcurrido una noche entera. Al incorporarse, nuestro hombre vio una pequeña piscina a un metro de él y el desayuno servido encima de la mesa, pero, por mucho que buscara, no alcanzó a ver salida alguna, sino en el lugar en que había dejado la víspera la escalera que venía de arriba, otra igual, pero que iba para abajo. Resignado, se bañó, incluso se peinó, porque el “neceser” allí no faltaba.
Una vez más, fue su reloj el que le devolvió la noción del tiempo cuando se despertó. Había transcurrido una noche entera. Al incorporarse, nuestro hombre vio una pequeña piscina a un metro de él y el desayuno servido encima de la mesa, pero, por mucho que buscara, no alcanzó a ver salida alguna, sino en el lugar en que había dejado la víspera la escalera que venía de arriba, otra igual, pero que iba para abajo. Resignado, se bañó, incluso se peinó, porque el “neceser” allí no faltaba.
De repente se sintió lleno de fuerzas y esperanza. Reemprendió la bajada tarareando una melodía de su juventud. Ahora, la pared cilíndrica era de madera, una madera tropical cuyo olor le resultó muy agradable. Bajó y siguió bajando. Se le apagó la melodía en los labios y la alegría en el alma, pero se empeñó en seguir bajando. Pensó: “¿Qué remedio me queda? No parece que haya posibilidad de volver a subir. Por otra parte, como hubiera dicho mi padre, esto de dejar las cosas a medio hacer es propio de cobardes que no valen para nada. Así que ¡Adelante!” Y siguió bajando hasta sentirse físicamente agotado y moralmente hundido.
Pensó en los Huérfanos por la Paz y se dejó invadir por el temor de no verlos más y, sobre todo, de que ellos nunca volviesen a verle. El los quería muchísimo, pero ellos a él también. Barajó la hipótesis de haberse metido tontamente en un avispero. Quiso recobrar el ánimo, la voluntad de ganar que, según todos proclamaban, había heredado de su padre, jugador empedernido, no en las mesas de los casinos, sino en los negocios y en la vida cotidiana. Pensó en sus padres: Un día los había visto en el salón se música, de su casa. El, con la flauta de Izmir todavía en la mano y su madre con el laúd que estaba dejando sobre el taburete del piano. Ambos se habían dado un beso lleno de amorosa ternura y aquello, para el rapaz de once años que era entonces, había sido la revelación del amor conyugal y de un intenso y profundo júbilo que, a partir de aquel momento, se renovaría siempre que lo evocara. En la escalera ocurrió como siempre, el recuerdo del beso fue un revulsivo. Chali comprendió que todo aquello no podía estar desprovisto de sentido y al llegar a un descansillo en el que vio un colchón en el suelo y una copa de vino blanco al lado de la cabecera, bebió, se acostó y se durmió. Cuando se despertó, un minúsculo cuarto de baño, una ducha con un lavabo y el neceser, le permitieron asearse. Lo hizo antes de dar buena cuenta de una colación que apareció en la misma mesilla que la de la víspera.
Miró la pared y se quedó estupefacto al ver que se había transformado en un bosque tropical que apenas si dejaba pasar hilos de luz entre su exuberante vegetación y que se encontraba fuera del alcance de sus manos, que tropezaron con una pared de cristal invisible pero helada cuando las alargó para tocar las plantas que crecían al amparo de árboles gigantescos. Vio la escalera y reemprendió la bajada pensando que entre las alturas de Jaujamayor y el nivel de mar era natural que mediase una gran distancia y que, por lo tanto, su impaciencia carecía de sentido. Siguió bajando. Una noche, durmió sobre un jergón que muchos mendigos hubieran despreciado pero bebió el licor más sabroso que había probado en su vida. Su sabor se parecía al de aloe que su madre se empeñaba en darle todas las noches, antes de que cumpliera los diez años. Fue cuando la pared le ofreció el espectáculo de niños que jugaban a matar pájaros inocentes y acababan matándose entre ellos. Más tarde, la pared adquirió un color lechoso que, pronto, se transformó en un torrente que arrastraba pequeños peces desconocidos. Como los días precedentes, acabó exhausto y deprimido. .La pared ya era un campo de amapolas que cantaban como un coro celestial. Pero a Chali, por mucho que le embriagaran las primeras voces que oía desde que había iniciado la bajada, sólo le importaba descansar. Se preguntaba cuánto tiempo le faltaba para encontrar un descansillo. En el preciso momento en que la exasperación se apoderaba de sus nervios y estaba cogiendo su cartera con rabia para tirarla contra la pared de cristal, el descansillo apareció… vacío, totalmente vacío y cerrado por todas partes por rocas muy oscuras. Se asustó creyendo haber desembocado en su tumba, pero acabó advirtiendo un paso, ciertamente estrecho, pero suficiente para que se deslizara por él. Lo hizo. No anduvo ni cinco metros antes de advertir que la galería se ensanchaba y de que, no muy lejos, se distinguía la luz del día: No pensó nada, no dijo nada, avanzó y siguió avanzando. Entonces empezó a oler el aire marino y a oír el bramido de las olas. Por fin, llegó a la orilla del mar y, al recorrer el horizonte con la mirada, descubrió, fondeado justo enfrente de sus ojos, el Barco de las Velas Verdes.
Le invadió el gozo con tal violencia que, durante unos segundos, pudo contemplar el alborozo de su alma de forma que no se percató del instante en que bajaron una chalupa del barco .Esta se le acercó y el timonero, un hombre vestido a la antigua usanza le pidió que refiriera el texto contenido en el cartapacio, cosa que Chali hizo a la perfección hasta llegar a la parte final que, como lo explicó, estaba borrada, por lo que la desconocía. El marinero le dirigió una mirada vagamente irónica y le preguntó cuál era su deseo. Chali contestó:” “Curarme”.
Ante el silencio del marinero, se sintió un poco desconcertado y reiteró su demanda. El otro le miró con no fingida indiferencia e, incluso, con cierto desprecio, antes de emitir su sentencia, un “no” muy seco que no admitía réplica. A Chali, se le cayó el alma a los pies .Ni se atrevió a indagar, a pedir alguna aclaración. Se percató de que todo resultaría vano. Siguió maquinalmente las indicaciones del marinero que le sugería subir por un ascensor situado a su derecha. No lo había visto hasta entonces. Apareció en medio de las rocas cual artilugio mágico. El marinero le dijo que sólo tardaría un minuto en dejarle en su aposento. Chali lloraba, lloraba con unas lágrimas que hubieran podido enlutar todos los océanos del mundo. El marinero, ya más afable, le dijo que nunca se agotaría la corriente que formaban, sino que se adentraría en el corazón del mar. Cerró la puerta del ascensor y, los pocos minutos, Chali penetraba en su aposento por una puerta secreta que había tomado siempre por una vitrina que contenía un narguilé muy antiguo y espléndidamente decorado. Miró a través de sus lágrimas la caja fuerte que permanecía impasible en su sitio como si nada hubiera ocurrido. El siguiente motivo de asombro fue comprobar que no sólo su propio reloj de pulsera, sino el que tenía encima de la mesa indicaban la misma hora y la misma fecha que cuando se había marchado: En la antecámara la sarta de monedas estaba en su sitio y la esquela también: El tiempo no había transcurrido: Sin embargo, no podía tratarse de un sueño, él no se había dormido y llevaba al hombro la bolsa de marinero con todo su contenido. El había bajado, había visto el Barco de las Velas Verdes. No lo entendía, pero pensó que así son las cosas sobrenaturales, extrañas y misteriosas. Además no le importaba, no le importaba nada, aparte de su fracaso. Devolvió la bolsa a su sitio, cerró el armario, cogió la diadema y se fue. Actuaba maquinalmente, se sentía como un pelele herido en su interior por miles de minúsculas agujas, un ser irrisorio, destinado a un sufrimiento sin fin, a una condena perpetua que no creía merecer pero que se le infligía, quizás por error, porque él no recordaba haber dañado intencionadamente a nadie. En fin, decidió volver a la “suite” que le estaba siempre reservada en uno de los mejores hoteles de la ciudad y donde se codeaba con la flor y nata de la alta sociedad, aburrimiento al que estaba lo bastante acostumbrado para no concederle mayor importancia.
Salió pues a la calle sin llamar a su chófer. Prefería andar: El aire fresco le resultó en extremo agradable, por lo que emprendió la marcha con cierto placer. A partir de entonces, no se le borró nunca el sufrimiento del corazón, ni la sensación odiosa de ser une especie de monstruo. Por más que hiciera, pensaba en el Barco de los Velas Verdes, este pensamiento le acompañaba por doquier, de forma que él, tan pendiente de recordar, no conseguía olvidar. Todo era absurdo, tanto más cuanto que este dolor amargo y destructivo, fue poco a poco cohabitando con una serenidad que, al principio, se le antojó un disparate, pero que no cedió ante los argumentos lógicos que el pobre hombre, creyendo estar perdiendo sus facultades mentales, trató de oponerle.
Pasaron los días y la íntima satisfacción de Chali fue en aumento discreto, haciendo buenas migas con el dolor que no cesaba. Muy a menudo, nuestro hombre pensaba que, realmente, había vivido una aventura extraordinaria, que no podía contar a nadie, porque las instrucciones del bisabuelo eran tajantes en cuanto al secreto, pero esto no le molestaba en absoluto ya que no tenía el menor interés en desvelar el asunto. Era una vivencia suya, no pensaba compartirla absolutamente con nadie, ni siquiera con los mayores de entre los Huérfanos.
De esta forma, pasaron tres años, hasta que llegó el viaje de los chiquillos a Indonesia y amaneció el famoso 26 de diciembre, día del tsunami. Chali se encontraba a la sazón en una capital norteamericana. Al enterarse de la noticia, se estremeció, colapsando varias líneas telefónicas con sus llamadas y las de sus colaboradores. Al no conseguir la menor noticia de los chavales y enterarse de que cualquier viaje a la zona afectada era totalmente imposible, incluso para él, ordenó al piloto de su avión que le llevara a Jaujamayor con la máxima celeridad: Allí tampoco pudieron darle noticias. Nada se sabía de los Huérfanos, ni siquiera de Marcel o de los otros monitores. Pasaban las horas y, en la Fundación, todos gemían al comprobar tanto su propia impotencia como la de las autoridades que afirmaban entender el furor de Chali, su pena y su angustia, pero ser totalmente impotentes para satisfacer su legítima demanda de eficacia.
Al salir del despacho de un embajador que se había quedado muy acongojado, no por la suerte de los huérfanos que tampoco le importaba demasiado, sino por la amenaza de Chali de enviar su petróleo por un oleoducto que atravesaba un país rival, nuestro hombre se sintió de repente, lleno de energía y tomó una decisión que él mismo hubiera creído fruto del delirio unos minutos antes y que, de repente le pareció la única acertada. Volvería a bajar, el Barco de las Velas Verdes fondearía en la bahía, vendría la chalana, con el marinero a bordo, preguntándole por su deseo. Se lo diría, le suplicaría por sus niños. Le suplicaría, con mucha humildad para que se le perdonara el no conocer el final del mensaje dejado por su bisabuelo. Le suplicaría, se arrastraría a sus pies si fuera necesario, pero le convencería, estaba seguro de ser lo suficientemente elocuente para que el Barco de las Velas Verdes fuera a rescatar a los niños si aún estaban en vida.
Y volvió a bajar y a pasar por las mismas etapas que la primera vez y llegó al final y vio el Barco de las Velas Verdes. No le dio tiempo a suplicar, porque, cuando el marinero se enteró de lo que estaba pidiendo, le invitó a embarcarse. Mientras navegaban hacia la nave, le dijo: “Se te va a conceder lo que anhelas para tus protegidos, además de lo que pediste para ti, porque, ahora, pides para otros y te olvidas de tus propias necesidades.”
Cuando subió a la cubierta, el comandante le saludó con estas palabras: “Bienvenido eres, Chali, actuaste como hombre generoso. Ahora mismo, vamos a rescatar a los niños. Todos están vivos, así como sus monitores. Marcel y el periodista americano están en un tejado desvencijado, sin comer ni beber, pero en compañía de una señora que ha salvado su bolso y guarda en él la grabadora Llegaremos dentro de poco tiempo. Tú, alégrate doblemente puesto que te estás curando. Al oír esta frase, Chali recobró la memoria, recordó a su mujer y a sus hijos y el alma, el espíritu, el corazón le supieron a miel con canela. Besó el borde de la primera de las Velas Verdes que ondeaba a su lado y fue entonces cuando oyó el canto, el canto de Raquelita. La niñita cantaba, allí lejos, muy lejos, en el otro extremo del mundo, la niñita cantaba sin desentonar. Raquelita estaba descubriendo la esperanza y la danza de las velas en los esbeltos mástiles, la acompañaba con el arrebatador susurro de las olas que incitaba a los demás navíos a alejarse del Barco de las Velas Verdes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario