Anécdota significativa
B”H
Hablar a los Hijos
De Malcah
La Torah nos encarece una y otra vez transmitir a nuestros hijos el recuerdo de los grandes prodigios que El Eterno obra u obró para mantener en vida a su pueblo, arrancándole a todos los peligros y a todas las persecuciones. El pueblo judío ha sobrevivido por esta Divina Protección Que siempre ha salvado a un número suficiente de niños dotados de padres, u otros educadores, judíos para garantizar la perduración de nuestra sangre y de nuestra fe.
Resulta demasiado evidente para insistir: Si se quiere constituir un pueblo, hay que tener hijos y educarles en el respeto por su identidad. Hoy en día, cuando una gran parte de la población, en los países ricos (económicamente ricos, se entiende), opta por no tener hijos para “gozar de mayor libertad, lo que realmente está haciendo es asesinar este mundo que ve como el crisol de sus placeres y la antecámara de la muerte. Son seres inmaduros; han descubierto que traer chiquitines al mundo supone una serie de obligaciones, de inquietudes y, en no pocas ocasiones, de sinsabores. Nadie en su sano juicio puede decirles lo contrario, pero ellos no entienden que perpetuarse, también es fuente de suma alegría y de auténtica dignidad, porque significa el abandono del egoísmo cuya extensión augura la pronta desaparición de la “sociedad del bienestar”, la que pone los viajes a las antípodas o a las tierras situadas en lejanos meridianos como prioritaria en sus en sus vivencias.
Todos los hijos nacen del amor, aunque en algunas ocasiones, esto no resulta evidente, por ejemplo, en caso de violación o de relación sexual efímera o interesada. Si nace un hijo es que, en algún instante, por corto que sea, ha habido entre el hombre y la mujer que se han juntado una chispa de amor: Los hijos no son accidentales, ni frutos de la casualidad, son frutos de la Presencia Divina en el seno de sus padres. El hijo abandonado, que ignora su origen social, no deja de llevar en su sangre una carga genética y unos rasgos psíquicos que le relacionan con sus progenitores.
Por otra parte, abandonado o no, el niño que viene al mundo entra en una sociedad que le va a transmitir valores o anti valores, así como buenos y malos ejemplos: No existe ningún niño que no haya recibido alguna vez un buen ejemplo y oído alguna verdad bienhechora, sea quien sea el que la haya proferido en su presencia. No es imposible que, en el fondo de su desgracia, esta verdad haya sido fuente de luz y de esperanza.
Pues, a esto íbamos, a lo que se dice delante de los niños, tanto de los propios como de los ajenos. La Torah nos encarece referirles todo lo que El Eterno ha hecho para constituir, cohesionar y dignificar a Su Pueblo a partir de la Salida de Egipto que, como todos sabemos, constituye un verdadero parto. No nos recomienda que les expliquemos cuán insoportable es el tío Fulanito que siempre llega tarde a todas partes, porque, si lo hacemos, estaremos diciendo al pequeño que se puede juzgar al prójimo, y juzgarle mal. El chiquillo nos escuchará y tomará buena nota: No digamos si uno de los padres critica al otro. El retoño comprenderá con profundo dolor que uno de sus dos progenitores está en el error y que, por lo tanto, no hay que fiarse ni de él que yerra, ni de él que publica el error ajeno (suponiendo que haya error, cosa que no es forzosa, porque el fallo puede cometerlo el comentador al no entender la conducta de otra persona). En cualquier caso el criticón se ha lucido delante del niño ¡Bravo! Si mañana, éste se encoge de hombros al oír consejos dados con las mejores intenciones del mundo sobre la importancia de elegir con cuidado las amistades, no habrá ninguna razón para extrañarse. Sin embargo, no es difícil decir: Hasta que llegue el tío Fulanito, vamos a aprovechar la espera para hacer tal o cual cosa, así cuando él esté, dispondremos de más tiempo para hacerle caso.” Si el chaval, o la chavala, objeta que, según le han ensañado, no se debe hacer esperar a la gente, se le contesta que nadie es perfecto, aunque se debe tratar de serlo y que, por otra parte, igual no entendemos que el tío Fulanito tiene muchas cosas que hacer, cosas que, a nosotros no nos incumbe juzgar. Si le consideramos un ser perverso, cortaremos cualquier contacto con él, pero si le seguimos tratando, será porque sus defectos no son tan terribles como para privarle de nuestra estima, a no ser que entremos en la categoría de los hipócritas redomados. Al hablar en estos términos, enseñamos a nuestros hijos a ser a ser comedido y ecuánime en sus valoraciones.
A menudo, recuerdo la anécdota a la que se refiere el título de este texto. Estando sentada en una cafetería elegante, con unos amigos simpáticos, honrados y muy preocupados por la educación de su hijito de 9 años que, por cierto estaba allí con nosotros, callado y muy atento a cuanto se decía. Muy, muy atento. Tanto, que me le quedé observando. La madre estaba refiriendo a los allí presentes los agravios que ella tenía contra sus propios padres y contra sus suegros que, a su entender, habían sido pésimos educadores, demasiado exigentes y severos , atentos a no dejarles carecer de nada material, ni intelectual, pero dados a traumatizarlos por imponerles una mínima práctica de la religión. Al contemplar la concentración que el niño ponía en su escucha, comprendí que nunca olvidaría la escena que estaba presenciando y pensé: “¡A éste ya le podrán venir con esto de honrar al padre y a la madre!
Es preciso tener mucho cuidado con lo que se dice a los niños, o delante de los niños. Ellos no son coladores que podamos utilizar, consciente o inconscientemente, para desahogar nuestros rencores o nuestro afán de protagonismo.
La importancia de lo que se dice a los hijos viene resaltada en la Torah cada vez que el texto nos precisa que debemos referir los grandes prodigios divinos. Para Haqadosh Baruj Hu, lo fundamental es transmitir confianza en Su Todopoderosa Intervención cada vez que los seres humanos la necesitan, es decir transmitirles la Tiqvah, la santa esperanza que garantiza la dichosa evolución de la psique y del pensamiento hacia la madurez del adulto, evitando así muchas enfermedades físicas y mentales.
No se trata de ocultar el lado negativo de la existencia, sino de presentarlo en términos profundamente religiosos, mostrando como sirve para alcanzar el perfeccionamiento. Está mandado relatar a los hijos la salida de Egipto, con todas las vicisitudes que la acompañaron, pero explicando que, superándolas se alcanzó la libertad. Nuestro mensaje debe ser que el esfuerzo sincero y pertinaz, siempre es coronado por el éxito. Entonces, ellos crecerán dichosos y esperanzados.
Si conseguimos esta meta, habremos hecho a nuestros hijos el más valioso de los regalos.
Madrid, Sefarad, a 18 de Febrero de 2009
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