martes, 3 de febrero de 2009

El Vagabundo

El Vagabundo
B”H
Cuentecillo
De Malcah

La noche era tan gélida y la nieve caía con tal intensidad que los moradores de la calle, o sea, los vagabundos, sin papeles, sin identidad confesable y sin más ingresos que las limosnas, no podían mantenerse inmóviles porque, aunque encontraran algún pórtico donde resguardarse, se les entumecían los miembros hasta el punto de obligarles a ejecutar un “perpetuo Mobile”, un movimiento perpetuo, tal vez digno del violín de Paganini, que mucha gente de buen gusto, encerrada en sus casas provistas de dobles ventanas, podía estar oyendo a través de aparatos sofisticados, pero de escaso valor artístico para seres humanos cuyas condiciones de infra vida eran peores que las de las ratas. Aquella noche, la mayoría de los vagabundos tuvo que renunciar a la opípara cena que solían ofrecerles las camareras más compasivas de los restaurantes, al tener buen cuidado de verter las sobras de sus clientes en la superficie o al lado de los contenedores de basura ,en lugar de echarlas dentro. Era imposible llegar hasta las inmediaciones de algún establecimiento que no hubiera cerrado sus puertas a cal y canto. En cuanto a las casas que estaban provistas de pórticos bajo su primer piso, tampoco eran protectoras, porque, siendo modernas no eran verdaderas casas, sino parte de urbanizaciones cuyos “espacios verdes” privados se contoneaban entre rejas que el portero cerraba por la noche antes de irse a descansar.
Sobrevivir en la calle es horrible. Pelocrespo lo venía comprobando desde hacía casi dos años, cuando, después de caer en poder de las autoridades, se negó rotundamente a revelar su nombre y su origen, de forma que fue imposible repatriarle. Con tres compatriotas suyos, se puso en camino para alcanzar la capital de ese país que les era completamente extranjero y la que llegaron después de varias semanas de caminata. Allí, acabaron por dar con el barrio de los vagabundos. Estos, de día, se repartían por las inmediaciones de centros sociales y obras de beneficencia, donde recibían cobijo de vez en cuando a la hora de la comida, siempre que se hubieran impuesto por la fuerza a algunos descarados que trataban de recibir doble ración.
La calle es lo peor que hay. No hay nada tan horrible como la calle. Se lo dijo, un día que hizo una excursión al centro de la capital, una mendiga, acostumbrada a alojarse por la noche, en el chaflán de unos almacenes, porque la enchufaba un mafioso a quien había hecho un señalado favor, en una ocasión, al esconder en su ropa un paquete de droga que unos competidores andaban buscando.
Sí, se lo había dicho la mujer y no había mentido. Desde entonces, Pelocrespo , lo comprobaba. El había arribado a la costa de las Delicias Prometidas, después de un azaroso viaje a través de su Africa natal, para tratar de juntarse con su padre, que había emprendido esta misma odisea muchos meses antes, con el propósito de ganar dinero en el paraíso europeo y mandárselo a su familia cuya situación económica se deterioraba de día en día, No encontró a su padre, pero supo, por un marinero de la nave en la que cruzó el mediterráneo, que se lo había llevado un golpe de mar y había muerto ahogado. El camino del paraíso, como lo explican sabiamente los ministros de las diferentes religiones, está sembrado de muchos dolores que se deben aguantar con regocijo, porque son manifestaciones de la Misericordia Divina. Esto, Pelocrespo no acababa de entenderlo, a pesar de tenerlo siempre presente cuando reflexionaba sobre los Designios Divinos y de recordar las advertencias maternas sobre el imperdonable pecado de procurar descifrarlos. En su familia, que pertenecía entonces a la mediana burguesía culta y distinguida, se le había inculcado preceptos morales y religiosos que le eran fuente de confianza en la vida. Ni él, ni sus 9 hermanos y hermanas fueron nunc a niños mimados, entre otras cosas porque el sueldo que cobraba su padre como contable en una empresa de farmacia extranjera, tampoco daba para tanto, pero no carecieron de lo necesario. Las cosas cambiaron antes de que su padre ascendiera a un puesto de mayor importancia y remuneración. Los dueños de la empresa, que eran extranjeros, mandaron a un representante suyo a estudiar la posibilidad de ahorrar “un poco”, porque ellos se veían muy necesitados de dinero para hacerse con las acciones de una compañía rival y, de paso, aumentar sus ingresos personales. Así empezaron los problemas para la familia. Pelocrespo tenía entonces 15 años. Su padre nunca volvió a encontrar trabajo, ni como criado, ni siquiera como barrendero. El nivel de vida de la familia se fue para abajo. Pelocrespo vendía periódicos, lavaba coches, limpiaba portales, e incluso, acabó llevando recados de un embajador, y luego de dos, a varios prostíbulos de la ciudad. Fue entonces cuando empezó a despreciarse a sí mismo. Su madre se quedaba al cuidado de los pequeños, pero no pudo impedir que una de sus hijas, violada por un turista que gustaba de “carne tierna” se prostituyera. El padre se marchó y toda la familia esperó en vano sus noticias. Ahora, en la calle, Pelocrespo lo recordaba todo y se preguntaba si la vida tenía algún sentido. Si la dicha dependía del color de la piel, del lugar de nacimiento o del capricho de una Divinidad cruel o insensible que no tenía parentesco con el Todopoderoso, Amigo de Sus criaturas, Hacedor de la armonía universal y del júbilo de los seres virtuosos a Quien siempre había venerado y en Quien había depositado su confianza.
Fuera como fuera, aquella noche de ventisca era un suplicio para los vagabundos, casi todos extranjeros y desprovistos de documentación como él, agradecidos a las autoridades que fingían no verlos, y así no tener que expulsarlos. No hablaban ni entendían el idioma del “país de acogida”, aparte de aprender desde los primeros días de su estancia a pedir limosna y comida: De hecho, sólo se entendían con los de su mismo origen, formando grupos que miraban a los demás con recelo. Las peleas eran frecuentes entre ellos, incluso durante la noche, cuando unos abnegados voluntarios recorrían las calles donde ellos moraban para distribuirles un bocadillo y una bebida caliente.
Aquella noche los voluntarios no pudieron llegar porque el temporal paralizó por completo la circulación. Pelocrespo vestía con un viejo abrigo que le había regalado una asociación humanitaria cuyos miembros se desvivían para que los desgraciados pudieran sobrevivir hasta que llegaran tiempos mejores. Con esto y con todo, estaba aterido de frío. Sin embargo, no quería para su caminata. Quería andar en medio de la ventisca, no se sentía dispuesto a volver atrás: Sin entender, ni querer entender por qué, se sentía incapaz de volver atrás, a la cas calles de la indescriptible desgracia, donde ni siquiera la nieve era pura…Por tremendo que fuera el frío, lo prefería a todo lo que estaba dejando atrás. Además caminar en aquellas condiciones venía a ser un desafío a su propia ineptitud frente a una sociedad en la que era incapaz de integrarse: No entendía nada, nada de nada, sólo que el caminar bajo la nieve era su lote.
Siguió caminando con tremendos esfuerzos hasta que, al borde del agotamiento y sumido en un abismal desconsuelo, llegó al ensanche de una calle. Allí había una fuentecilla cuyas aguas no corría y que, por lo tanto se limitaba a recibir nieve. Pelocrespo se echó a llorar. Escuchó el sonido de sus propios sollozos como buscando en ellos algún secreto. Levantó la vista. Debía de encontrarse en la Ciudad Universitaria, porque, detrás de él, se alzaba un edificio de arquitectura sobria que se presentaba como “Facultad de Ciencias Humanas” y, en frente de él se extendía un frondoso parque. Aunque la nieve lo cubría todo, los árboles no parecían agobiados por la nieve que les atosigaba de continuo. Bailaban al son del viento, como impulsados por una aquiescencia espontánea. Pelocrespo, tembloroso, se les quedó mirando y, de pronto, sin proponérselo, ni entenderlo, sin tratar de entenderlo siquiera, fue presa de una intensa alegría, de un total e indescriptible júbilo que no se hubiera podido traducir en palabras. Fue un conocimiento perfecto que se apoderó de todo su ser. Comprendió que estaba todo bien, tanto su desgracia como su alborozo, que todo formaba parte de la armonía universal, que todo era inmejorable y que todo estaba en su sitio para mayor gloria de la Creación: Dejó su cuerpo en el suelo y se quedó en la columna de luz formada por su alma, que ascendió al son de su cantar, atravesando la capa de nubes blancuzcas, hasta las esferas aletargadas de un cosmos que, al recibirla, recuperó su pasado vigor.

Madrid, (España) a 1º de Febrero de 2009

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