viernes, 27 de febrero de 2009

El Incordiante

El Incordiante
B”H
Cuentecillo
De Malcah

Aparentemente era un ser humano de sexo masculino y tenía una edad bastante avanzada, pero nadie hubiera podido describir los rasgos de su fisionomía, ni las características de su ropa. Realmente, cada uno le veía de una forma y nadie se atrevía a comentarlo con los demás, ni con los más próximos parientes, porque, si lo intentaba, se le paralizaba la respiración y sentía un profundo malestar que le cortaba el habla. Sin embargo y por extraño que parezca, para sus adentros, cada uno le llamaba “El Incordiante”, sin tener la más mínima noción de que todos le designaban de la misma manera.
Se conocen estos detalles, porque él tenía por costumbre elegir en cada generación a una sabia doncella a la que llamaba “Nietecita” y que apuntaba fielmente en su memoria la fecha de sus visitas y el contenido de sus mensajes, así como su destinatario. Cuando la doncella se casaba, descocía de su memoria esta libreta de recuerdos y se la devolvía para que él la entregara a otra joven.
Debía de ir siempre acompañado por su esposa. Aquello se suponía porque, a menudo dialogaba con ella en el curso de una intervención, pero a ella, se la veía aun menos que a él y nunca se la oía.
Las visitas del Incordiante no agradaban a nadie. Solía introducirse, de repente y con cierta alevosía, en el sueño de sus descendientes. Sí, cuando ellos se habían acostado contentos y satisfechos, se presentaba él, para desnudarles el alma, que, al ponerse colorada, imprimía al cuerpo un temblor de pesadilla. El Incordiante desconocía la delicadeza.
Una noche, irrumpió en el sueño de un célebre teólogo que acababa de recibir un premio de relevancia internacional por sus escritos sobre la legitimidad de algunas guerras, la ilegitimidad de otras y el cuidado que se ha de tener con el pacifismo, por lo general recomendable, pero posible encubridor de cobardía.
El teólogo se había acostado, pues, cansado por el interminable homenaje que se le había tributado en una de las instituciones más prestigiosas de su país, pero enormemente satisfecho. Sus hijos, al darle las buenas noches, le habían dicho:”Papá, ya eres una celebridad, firmas libros y te fotografían todos los periodistas. Mañana, en el cole, los compañeros y los profes estarán hablando de ti.” El se había sonreído, agradeciendo al Eterno Su Benevolencia. Ahora dormía al lado de su esposa cuya ternura nunca le faltaba, aunque ella fuera una gran artista, muy admirada por creyente y ateos y, por lo tanto, ocupadísima y muy atenta a su “realización personal” ya que nunca se conformaría con ser la esposa de alguien, aunque consitiera en hacer, de vez en cuando, una acepción a sus reglas feministas, para complacer a su marido. A las tres de la madrugada, cuando todos dormían, la casa del teólogo, ofrecía, como lo pueden imaginar, el aspecto de un hogar bañado en la paz de la inocencia recompensada.
¿Me creeréis si os digo que fue el momento elegido por el Incordiante para irrumpir en la quietud de aquellas almas serenas?
¡Claro que lo hizo! Se instaló, sin miramientos algunos, en el sueño de ambos esposos que, del susto, se apartaron bruscamente cada uno de los brazos del otro, y les soltó un inolvidable discurso. A él le dijo:” ¡Oye, Celebridad! Tu vanidad ha quedado satisfecha con los honores que acabas de recibir. Si te dejo, acabarás tomándote en serio, con tus sabios escritos y tus palabras llenas de complaciente modestia. Pero, sabes, tu misión en esta tierra, no consiste en hacer discursos y corresponder a los apretones de manos, porque, todo esto, si no tienes caridad, no es nada. Es obra del Satán. Tú hablas y escribes con mucho estilo, pero, caridad, no tienes. Mientras te contoneabas en el recinto del palacio presidencial, un pobre hombre, que forma parte de tu congregación iba en su coche, dando vueltas por la ciudad, sin prestar mucha atención a los semáforos, pensando únicamente en el pesar de su mujer, ya agobiada por las tareas domésticas y el cuidado de los niños, cuando le anunciara que le habían despedido y que, por uno de estos prodigios administrativos que los pobres nunca entienden, sólo cobraría el subsidio de paro durante unas pocas semanas. Tan despistado iba el infeliz que no arrancó a tiempo en un paso de y un camión se lo llevó por delante, dejándole malherido. Nadie te lo pudo comunicar, porque, al estar repartiendo tu distinguida modestia entre los asistentes de una recepción, tenías el teléfono desconectado.”
El Incordiante sabía que el teólogo no estaba en condiciones de defenderse, ni de disculparse, ni de prometer cambiar de conducta y que, además, todas recriminaciones se le antojaban absurdas, porque no creía que la sociedad pudiera equivocarse al ver en él a un hombre honrado, digno de los más sonados elogios. Sin embargo, las palabras que acababa de oír, nunca se le borrarían de la memoria. Dejó dicho su secretario que, durante los actos oficiales, se encargara él de recibir no sólo los mensajes “importantes” sino, también los de poca relevancia que, al fin y al cabo, también podían merecer alguna atención.
Pensó que semejante providencia le libraría de ulteriores visitas del Incordiante, pero se equivocó, porque éste volvió varias veces, durante los siguientes decenios, para recordarle lo de la caridad y él siguió estremeciéndose en cada ocasión.

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